39 SEMANAS Y 3 DÍAS. NUESTRO PARTO.

Hoy cumplimos 39 semanas y 3 días.

Ella de vida, yo de madre. Hace exactamente 39 semanas y 3 días, estaba embarazada de 39 semanas y 3 días. Hoy hace 39 semanas y 3 días de nuestro parto.

Lo último que esperaba ese día, era que sería mi último día de embarazada. Que ese sería el día elegido. Que ese era el momento para esa gran cita que todas las madres tenemos apuntada en la agenda, pero que de la cual la mayoría desconocemos la fecha.

Ese fue el día de nuestro parto.

Un día muy largo. Al igual que el post que se viene.

Hace 39 semanas y 3 días.

9 de enero.

Un lunes cualquiera.

Como cualquier mañana de mi recta final de embarazo, me había levantado tarde, descansaba fatal, y me costaba mucho conciliar el sueño. Esa noche, especialmente. No recordaba muy bien el porqué, había debido de dormir especialmente mal, me había levantado muy agotada. Pero bueno, era lo esperable a esas alturas.

Así que me planté mi ropa de ir por casa y me subí a trabajar. Tenía que zanjarlo todo a principios de esa semana, porque la fecha de parto prevista era el día 13, el viernes. Eso era ya mismo y sabía que en el mismo momento que yo entrara por la puerta del hospital, mi estatus de trabajadora por cuenta propia se vería revocado temporalmente por el de madre. A efectos legales. Estaría de baja y ya no tendría permitido trabajar, y mucho menos facturar.

Era un día como otro cualquiera. Pero no del todo.

Ese día estaba más molesta de la cuenta. Es lógico, pensaba, estoy rozando ya casi la semana 40, estamos cerquita de la fecha prevista de parto y ya tengo que empezar a notar los prolegómenos del parto. Esos que en primerizas pueden durar semanas.

Así que suponía que era lo normal y lo que me esperaría los siguientes días. Aparte estaba nerviosa, más sensible. Hacía un mes que habíamos visto a nuestra Intensita por última vez en una eco. Mañana la volveríamos a ver. Por fin. Se me estaba haciendo largo. Estaba ansiosa. Quería volver a verla.

Y por fin me llevarían a monitores, y sabría si tenía contracciones y como eran. Porque no tenía ni idea. Oía a gente hablar de las Braxton Higgs y yo no sabía si las había tenido o no. A veces notaba dolorcillos en la barriga o molestias. Pero no sabía si eran por que la peque se estiraba, por el peso de la barriga, por los ardores… o si eran contracciones.

Pero pronto lo sabría. Más pronto de lo que creía.

Recuerdo que tuve la inmensa suerte de no manchar nada durante todo el embarazo. Hasta ese día. Pero era muy poco, una gota en un pañuelo. Aun así avisé a SantoPadre. Que seguramente no significaba nada, pero que estaba constantemente haciendo pipí y había manchado.

Pero seguramente no era nada. Aúno era pronto, pensaba.

En mi mente oía una y otra vez que las primerizas se suelen retrasar, que lo más normal es que den a luz ya salidas de cuentas, que los síntomas de parto podían durar días. Recordaba a todas aquellas futuras madres que me encontraba en las visitas médicas, casi todas ellas bien salidas de cuentas.

Cocinando ya empecé a tener molestias importantes. Me tenía que parar, medio agachada, de tanto en cuanto, porque me daban fuertes punzadas. Ahora ya empezaba a tenerlo más claro. Eso tenían que ser contracciones. SantoPadre llevaba semanas diciéndome que si las notaba o sabía cómo eran. Yo le contestaba que no lo sabía. Que había ido a las mismas clases preparto que él, y eran tan desconocidas para mí como para él.

Era algo que no había sentido jamás y no sabía cómo era.

Hasta ese momento.

Ya durante la comida las molestias fueron en aumento. Y así fue pasando la tarde. Cada vez más y más molesta. Hacia media tarde, por curiosidad, porque ya las sentía a menudo, decidí apuntar los tiempos. Y la sorpresa que me llevé no fue pequeña. Eran mucho más constantes, seguidas y progresivas de lo que pensaba.

Mientras, SantoPadre bromeaba con los colegas en el Fifa, que lo mismo tenía que dejarse un partido a medias para irse a urgencias…

¡No lo sabía él bien!

Hacia las 6 y poco de la tarde le dije que ya estaban siendo muy seguidas y que deberíamos acercarnos al hospital. Me duché mientras SantoPadre revisaba la maleta del hospital, y tranquilamente nos fuimos hacia allí.

Pensando que a lo mejor no era nada, y que lo mismo nos mandaban de vuelta. Pero por si acaso…

Tras pasar el overbooking de urgencias y esperar que volviese el celador de paritorios a por nosotros (que estaba subiendo a otra embarazada) nos encontramos delante de la famosa puerta de paritorios. Allí, tras unos minutos, me dejaron pasar a mi sola, despojada de mis pertenencias, a monitores. En ese momento SantoPadre no podía acompañarme, porque la sala estaba a plena capacidad.

Empezaron los nervios.

Suerte que allí me encontré con una compañera de preparto. Salida de cuentas, ingresada durante días, esperando ver resultados en los monitores para conocer la sentencia: parto inducido al día siguiente o no. Al final acabaría en cesárea. Gracias a ella pasé esa hora más tranquila, mientras las contracciones iban siendo cada vez más fuertes y seguidas. Y cuando se llevaron a mi compañera y la otra chica, y me quedé sola, dejaron entrar a SantoPadre.

Para entonces, yo llevaba ya todo el día con contracciones, al principio sin saberlo, y estaba empezando a sentirme molesta. Era soportable. Yo podía con eso. Ahora. Con esa intensidad.

Pero el miedo se apoderaba de mí.

Los partos en primerizas podían ser muy largos, nos habían explicado.

¿Cuantas horas tendría que soportar ese dolor?

¿Y cómo de intenso sería?

¿Era capaz de soportarlo si era mucho mayor?

Las dudas me invadían. Ya no estaba tan segura de no querer la epidural, como había puesto en mi plan de parto. Yo quería llegar con fuerzas al expulsivo.

Nuestro parto. Barriga con monitores

En monitores.

Los días previos había estado escuchando experiencias de otras madres, en blogs y en Youtube, sobre su parto con epidural. Y empezaba a ver que a lo mejor no era lo peor del mundo. No quería llegar exhausta al momento clave, y no tener fuerzas para empujar. Pero nada de esto, fue lo que precipitó mi decisión.

El motivo real fue la media hora que estuvimos solos en monitores.

Allí teníamos la puerta de la habitación abierta, para comodidad del personal sanitario. Sospecho que la sala de dilatación contigua también lo estaba. Y allí había una madre, a la que oímos durante media hora gritar desgarradamente, llorando, suplicando, mientras las matronas le pedían un poquito más, mientras cariñosamente la animaban. Pero esos gritos me llegaban a lo más profundo del alma.

En ese momento no me creí capaz. En ese momento dudé. Y en ese momento decidí que no quería estar así.

En un momento dado, vino una auxiliar y  me preguntó qué tal estaba. “Pfff, le contesté, molesta.” Se paró a mi lado, revisó con seriedad el largo papel que salía de mi monitor, y me dijo, “mucho te estás quejando…” Por un segundo me avergoncé, primeriza yo, y recuerdo balbucear algún tipo de disculpa.


“No, quiero decir, que tienes las contracciones bastante seguidas y te estas quejando mucho así que es muy posible que ya no te vayas de aquí, te vamos a llevar a que te vea la ginecóloga, a ver si te ingresamos ya.”


Y allí dejamos a la pobre futura mamá, gritando, mientras nos acompañaban a la ginecóloga.

Allí, esta buena mujer, a la que guardo un recuerdo de especial cariño pero no, me hizo una exploración así a lo borde, sin lubricante ni nada (porque bueno, lo que viene es peor, así que qué más da) y constató que ya estaba de 4’5 centímetros.

Que me quedaba.

Cuando me preguntó si quería epidural, casi le grito que sí.

Así que allí estaba yo. En bata, con el culo al aire, en una camilla de hospital. La primera vez en mi vida.

Vinieron a ponerme la epidural, para lo cual echaron a SantoPadre de la habitación, y un poco a traición me enchufaron a la anestesia en medio de una contracción (pero no se supone que íbamos a esperar al momento entre contracciones?!?!). Ese momento en el que te retuerces de dolor y alguien te dice que no te puedes mover ni un milímetro… Todo un reto.

Jamás había estado en un hospital como paciente. Nunca me habían ingresado. Todo era nuevo para mí, y todo me resultaba extraño, a pesar de haber visitado aquella misma habitación hacía un mes.

Y en esas me encontraba, enganchada a un gotero de suero, con una máquina pitando a mi lado enchufada a la espalda y un monitor. Nerviosa, expectante y algo asustada.

Hoy en día, pienso si todo aquello era necesario… Medicamente entiendo que sí. En El parto es nuestro seguramente te dirían que no.

En ese momento mi plan de parto dejó de tener sentido. Yo quería estar de pie, a ser posible en la nueva sala de dilatación “natural”… Pero el miedo se había apoderado de mí, y simplemente me dejé llevar. Pero no todo era “malo”.

Como me habían anticipado mis compañeras, hoy estaban los matrones majos.

Me siento muy afortunada con el matrón que me tocó, que vino a las 10, recién enchufada a todas las máquinas. Recuerdo que cada paso que daba, me lo explicaba con antelación, me daba las razones y me pedía permiso entre líneas. Yo me dejaba guiar.

Como había llegado sin romper aguas, y al ponerme la epidural se me había frenado la dilatación, hacia las 12 de la noche, me rompieron la bolsa de manera manual, y la cosa empezó a correr.

La epidural estaba haciendo efecto, y aunque lo sentía todo: las piernas, las exploraciones, los tirones de barriga; no sentía dolor. Sentía la presión, pero no el dolor que lo acompañaba.

Cuando estaba de 7 centímetros, la epidural se había acabado, y viendo que sí que notaba todo, pedí que me la volvieran a poner. Aún estaba a tiempo. La dosis más mínima de todas me puso.

Lo malo que tenía eso, es que no sentía la necesidad de empujar.

Cuando el matrón vio que estaba ya completamente dilatada, me explicó como empujar. Cuando viniera una contracción, 3 pujos seguidos, y entre contracciones, respirar profundo.

Pero claro, yo notaba en lo alto de la barriga, ya más floja, la contracción, pero no notaba su punto álgido. No notaba cuando llegaba abajo y no notaba la “necesidad de empujar”. Dependía del monitor. Cuando el valor de la contracción llegaba al punto máximo, SantoPadre me avisaba.

Así que SantoPadre y yo en ese momento hicimos equipo más que nunca. Había estado todas esas horas distrayéndome, hablando conmigo, haciéndome reír… a pesar de mi cara. Hay foto de ello.

Pero ahora pasó a tomar un papel protagonista. Me ayudó a tumbarme de lado, me sujetó la mano y la rodilla, y me iba narrando lo que dictaba el monitor. “Vamos, cariño, ahora, empuja!!”

Así estuvimos media hora, empujando, y respirando lo más profundo que podía, hasta que el matrón volvió, revisó como iba todo y nos dijo que nos íbamos a paritorio. Que estaba ya casi fuera y que con dos pujos salía la peque seguro.

Iba a ser pan comido… O eso pensaba.

El celador que tenía que llevarnos a la habitación de al lado, tardaba muchísimo. Había mucho overbooking esa noche, y poco personal. Llegó el punto en el que el matrón, que por protocolo no me podía trasladar, decía que si tardaba 2 minutos más, me llevaba él. Mientras las auxiliares y el otro matrón jugaban fuera al futbol con las pelotas de dilatación.

Por fin me llevaron al paritorio, me tumbaron en la megacamilla, pusieron los estribos y me ataron las piernas con sendas sábanas. Me sentí un poco violenta y más nerviosa aún.

Me quitaron el monitor de las contracciones y me dejaron solo la del latido fetal. Había perdido mi soporte. Pero el matrón tomó el relevo. Él me iba indicando cuanto y como empujar. “Venga, sigue, aprieta. Lo estás haciendo muy bien”.

Pero yo apretaba, y apretaba, hasta incorporarme casi por completo, agarrada a las barras, y mi pequeña no salía.

Así estuvimos 20 largos minutos.

Entre cada empujón, me pedían que respirara muy largo y profundo. A Intensita se le subían muchísimo las pulsaciones en los pujos. Me estaba agobiando. ¿Estaría sufriendo? ¿Porque no salía?

Y llegó esa frase que tanto temía. Aquello que no quería escuchar. Aquello me asustaba desde que lo hablamos en las clases preparto.


“Te voy a tener que cortar un poquito”


No se paró ni a que le respondiera, y según cuenta SantoPadre, me pegó cuatro buenos tijeretazos.

Otra vez a empujar, tan fuerte que me dolía la cabeza. Con un matrón encima de mí. Si. Otra más en la frente. Maniobra de Kristeller. Una vez más, quiero creer que era necesario.

Y por fin salió. Estaba ahí. Recuerdo que los 5 segundos que estuvo tosiendo y no arrancaba a llorar fueron los más eternos del mundo. Se me paró el corazón. “Llora cariño, llora”.

A partir de ahí, todo se me ha vuelto un poco borroso. Recuerdo que me la dejaron un minuto o dos, mientras la pinzaban y cortaban el cordón, y creo recordar que me preguntaron si se la llevaban ya y me la devolvían enseguida.


4120 gramos, 55 centímetros, 35 centímetros de perímetro cefálico…

Y la mano en la frente.

Con su cabecita deformada de haberse quedado atascada en el canal de parto.


“Así que no entendía yo como esta criaturilla no salía con lo bien que lo estaba haciendo su madre”.

Mi grandullona estaba con nosotros por fin.

Su padre se fue con ella, donde la pesaban y la vestían, y yo estaría con ellos enseguida… O eso creía.

El matrón sacó la placenta y todo lo que acompaña, pero seguía dando vueltas al tema, cada vez más mosqueado. Pasaban los minutos, y el matrón hablaba con su compañero, miraban dentro de mí, a la mesa de la placenta y murmuraban. Hasta que sentenciaron que tenían que llamar a la ginecóloga, porque sospechaban que quedaba un trozo de membrana en mi útero y ellos no lo podían sacar.

Mi amiga la ginecóloga. Eran casi las 3 de la mañana, y su amabilidad no había mejorado desde las 9 y media de la noche. Apenas saludó, escuchó brevemente a los matrones, se enfundó unos guantes, y sin mediar palabra, metió su mano en mi útero.

Si. En mi útero.

Recuerdo la sensación que recorrió mi cuerpo, ya casi sin efectos de la anestesia, cuando esa buena mujer, metió su puño más allá de los límites y se puso a rebuscar a la altura de mi ombligo como el que baila por bulerías. No me esperaba aquello. Y no se lo deseo a nadie.

Por fin salió el maldito trozo de membrana, me cosieron la episotomía y el arañazo que me había dejado mi SantaHija de regalo, y me llevaron por fin de vuelta a la sala de dilatación, donde nos dejarían una hora y media a los tres solitos, empezando nuestra lucha con la lactancia, llorando como tontos.

Felices de la vida.

Luego nos abandonarían en una habitación de planta, hasta la mañana siguiente, asustados y perdidos como buenos padres primerizos. Pero eso ya para otro post.

Y hasta aquí la historia de nuestro parto.

Si me preguntas hoy si me arrepiento, os diría que no. A pesar de que no era lo que tenía en mente, el parto para mí fue muy tranquilo, y yo no estaba preparada mentalmente para asumir el reto de dar a luz de manera natural. No sé si habría podido o no, no sé si me habría desgarrado o no, si mi bebé habría sufrido o no. Así que me alegro de cómo fue.

Esta es mi experiencia, y aunque solo me sirve a mí, y solo sirve para este nacimiento en concreto, lo cuento y os lo explico para que conozcáis otras experiencias. Lo cuento para luchar contra la soledad que supone el huracán de sentimientos la maternidad (y la paternidad).

Porque si algo he aprendido de la maternidad, es que no hay más alivio que sentirse comprendida y saber que hay otra gente que se ha sentido como tú o ha vivido una experiencia similar.

 

 

4 comentarios

  1. Cuántos recuerdos me has traído. Es un mundo lo de los partos, tan diferentes todos…Yo no fui a preparación en ninguno de los tres por tema reposo y no tenía ni idea de nada. Iba pez y fue todo muy a lo que saliera. Me encanta leer vuestras experiencias y vuestros embarazos con esos planes de parto meditados…aunque todo cambiara. Y qué? Al final todo fue genial. Un beso

  2. Muchas gracias preciosa! Yo creo que si no hubiese ido a preparto estaría excesivamente nerviosa. TOC supongo. Pero si, luego no sirve de mucho. Jajaja. Yo lo que más me alegro fue el haber ido al grupo de lactancia durante las clases preparto. Aquel día salí con un par de conceptos muy importantes y que suelo transmitir a futuras madres:
    – Ten claro tu plan de parto, llévalo escrito (aquí te dan una cartilla para rellenarla) y ten claro por lo que quieres pelear y por lo que no. Y en conjunto, el siguiente consejo.
    – No vayas al parto con expectativas. Puede pasar cualquier cosa, puedes querer un parto natural y que las circunstancias te hagan acabar en una cesárea de urgencia. No tengas expectativas con tu parto, y deja que tu cuerpo y no tu mente, te dicten lo que hacer.
    Y como muy bien dices, lo importante que me quedo es con esa sensación. De que todo acabó bien.

  3. Me encanta leer los partos. Tan parecidos pero diferentes a la vez. El mio terminó un poco como el tuyo, 20 minutos pujando sin novedades y finalmente tuvo que ser con forceps. Pero lo recuerdo como el mejor día de mi vida sin duda!

  4. Mucha gracias! La idea es esa. Aportar un granito de arena en esta montaña que es el mundo blogueril/maternal, para que las futuras mamis sepan por una parte que su experiencia será única y diferente, pero que a la par conozca experiencias con las que sentirse reflejada. Por cierto, un aplauso fuerte para las mamis solteras. Me maravilláis!

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