A PESAR DE ELLOS…

Si has merodeado un poco por este blog habrás notado que aquí no tengo nombre. Ni yo, ni mi familia. Vamos, que es un blog anónimo. Esto tiene una finalidad muy clara y fue algo que medité mucho antes de plantear la narrativa de este blog.

La idea de lanzar este blog al mundo, era la de abrirme, la de soltar muchos sentimientos y sensaciones que a veces me atormentan y que todo esto no afecte a mi entorno.  De poder escribir posts hablando de temas duros para mí. Posts que ayuden a otras personas a no sentirse solas en el mundo, pero sin que ello haga daño a mi gente cercana. Y para poder hacer esto, hay que ser brutalmente honesto y no tener miedo a decir cosas que puedan herir a personas concretas.

Hoy es uno de esos posts.

Este verano me hice con el libro de La crianza feliz de Rosa Jové. Son de esas lecturas que recomiendo 100%, a mí me ha ayudado mucho a reforzar mi convicción de que Intensita merece una educación respetuosa y amable para con ella.

Y me ha “sorprendido” (no realmente, más bien me ha reafirmado) ver como nuestras acciones y  nuestras palabras, como padres, pueden moldear y afectar al crecimiento de nuestros hijos. Porque su carácter y su interior será fiel reflejo de como la tratemos a ella y de cómo la hagamos sentir.

Algún día profundizaré sobre temas de crianza, respetuosos y amables con los niños. Pero este post es una retrospectiva. Una reflexión. Es una de las razones que me frenaban en su día para ser madre, como explicaba aquí. Es una página de mi diario.

Esto es parte de mi.

Cuando me presento al mundo, mi nombre peculiar, da siempre pie a una pregunta muy recurrente. Y tú, ¿de dónde eres?

Hay una frase que me gusta mucho, que me han dicho alguna vez, y es que soy “ciudadana del mundo”. Es la visión bonita.

La realidad, no de mi nombre sino de mi ciudadanía, es diferente. Antes de cumplir los 5 años, ya había vivido en al menos 4 lugares diferentes. Tan lejanos entre sí como Alicante, Granada y Toledo. Y en cada lugar, cambiábamos habitualmente de pueblo o de barrio. Después de tal maratón, acabamos en la provincia de Toledo, en otra ciudad, pero de los 4 años escolares que viví allí, cambiamos de barrio y colegio 3 veces. Y a los 10 años, mi madre no podía más con 3, y nos mandó a vivir con mi padre, de vuelta a Alicante. Hasta que me fui a Madrid a estudiar la carrera.

La realidad de ser ciudadana del mundo es que me he sentido sin un “hogar” durante toda mi vida infantil. Siempre era forastera, allí donde fuera, yo no pertenecía allí. Y perdía amigos al mismo ritmo que los niños cambian de libros escolares.

Hoy en día, llevo 10 años en el mismo lugar y estoy intentado crear mis propias raíces, crear mi propio hogar, tener un lugar que mi corazón sienta como “casa” y no sentirme siempre extranjera.

Hoy intento sentir que pertenezco a algún lugar.

A pesar de ellos…

 

Mis padres… La historia de mis padres es algo que desconozco en detalle. Nunca me la han contado ellos, solo he oído pinceladas por parte de terceros, pero es algo que no quiero saber. Entre mi madre, mi padre y su actual mujer existió, hace más años de los que yo existo, una suerte de triángulo amoroso consentido. Todo muy extraño, muy irreal, y muy tóxico.

Mis padres cometían una y otra vez el error de volver a juntarse y volver a distanciarse. Y aparecíamos nosotros. Un hijo detrás de otro. A pesar de tener una nula estabilidad económica, sentimental y circunstancial.

Yo tengo una relación estable desde hace más de 13 años, y he aprendido, poco a poco, lo que significa ser pareja y crear una familia.

Hoy intento tener un núcleo familiar estable.

A pesar de ellos…

 

Y si eran un desastre como pareja, como padres no lo eran menos. Lo primero y principal es que jamás pensaron primero en nosotros.

Mi madre hacía y deshacía según le venía bien a ella. Se mudaba a donde le soplaba el viento, y a pesar de hacerlo por poder darnos de comer, sus soluciones siempre eran fantasiosas, irreales y centradas en ella. Vive en un estado permanente de rencor y negación, y todo lo malo que le pasa en la vida es culpa de los demás. Ella es una víctima.

Mi padre es un ser distante y deprimido, que nunca ha conseguido hacer de su arte un medio de vida, por más que lo haya priorizado por encima de absolutamente todo. Toda su vida gira en torno a su arte. El resto, que se encarguen los demás. Nada, ni nuestra educación, ni nosotros, importamos tanto.

Os podéis hacer cargo que una educación verdaderamente responsable era algo que ellos dos no tenían muy en cuenta.

Mi madre era del club del cachete educativo, que es de las poquísimas cosas que recuerdo de mi infancia. Recuerdo que me llevaba alguno, pero no muchos. Supongo que aprendí bien pronto que el que manda MANDA, y a ti solo te queda obedecer, aunque lo consideres injusto. Aprendí a ser sumisa y que mi voz no valía.

Mi padre jamás nos tocó y en casa con él y mi Mami (su mujer), no se pegaba… Pero la disciplina era férrea y bastante inflexible. En especial por su parte. Las cosas eran de tal o cual manera, porque “Yo lo digo”. Y aunque agradezco hoy en día muchas actuaciones que en su día consideraba estrictas en exceso, todo tiene una medida. Yo aprendí, que no merecía la pena negociar. Aceptabas las cosas como venían, y punto.

Después de mucho leer, empiezo a descubrir de donde vienen muchas la mayoría de mis mochilas emocionales. Porqué tengo una autoestima penosa, porque soy incapaz de levantarme y reclamar mis derechos aunque me sienta pisoteada, porque a menudo no sé tener un dialogo tranquilo con mi pareja en persona pero si en mi cabeza, o por escrito. Porqué soy un ser volátil y bipolar. Porqué no me valoro y siempre me exijo más y más y más. Porqué no me quiero todo lo que me debería querer.

Hoy intento solucionar todo eso, al mismo tiempo que me armo con toda la información posible acerca de una educación respetuosa, para que Intensita sea una persona feliz, que se valore a sí misma, que luche por sus sueños y por lo que le mueve y que nos considere unos buenos padres.

Hoy en día intento ser la mejor madre posible.

A pesar de ellos…

 

Ser mejor madre y para ello, mejor persona en mi misma, es algo que me agobia como un tren que se acerca y no puedes esquivar. Porque sé de buena mano cómo puede afectar a un niño vivir con personas llenas de problemas y con cientos de mochilas emocionales. Y no quiero que mi hija pase por eso. Necesito ser una persona feliz, estable y orgullosa de mi misma, para ser su ejemplo.

Mis padres supongo que eso no lo consideraban muy importante. Sus problemas y sus traumas eran más importantes. Lo fueron siempre y lo siguen siendo. Pero yo ya lo dejo estar. Ya luché por esto y contra esto en mi adolescencia, y ya no pienso perder más el tiempo, porque hay gente en mi vida que necesita ese tiempo. Y que se lo merece mucho más. Seguirán siendo mis padres, los seguiré queriendo como tales, pero no voy a intentar convencerlos que han de cambiar sus vidas ni un minuto más.

Yo no quiero eso para mi hija. Yo quiero que mi hija tenga buenos recuerdos de su infancia, esos que yo no tengo porque he ido borrando permanentemente de mi memoria. Yo quiero que mi hija sepa que la queremos, que es importante para nosotros y que cuenta como uno más en esta casa. Que sus emociones importan, más que las nuestras si cabe. Y que a veces los mayores, no llevamos la razón, y tenemos que pararnos a escucharla y reflexionar.

Hoy intento cambiar todas esas partes oscuras de mí. Porque he aprendido, gracias a los libros y la gente que me rodea en estos últimos años, que lo que hacemos y como nos sentimos cerca de nuestra hija, importa, y es algo que forjará en gran parte su carácter.

Hoy intento ser lo mejor que puedo llegar a ser.

A pesar de ellos…

 

Y sé que tengo “suerte”. No he vivido maltratos, a su manera mis padres nos demostraban su cariño, no he pasado hambre y siempre he tenido un techo bajo el que dormir.

Tengo una familia cercana, excepcional. Otra familia maravillosa, de esa que no comparte tu sangre, de esa que tu haces tuya. Y por suerte en la familia más cercana, en aquel triángulo amoroso, una persona (que decidió en su día no tener hijos), lo dio y lo dejó todo por nosotros, sacrificó sus horas y su trabajo por estar presente, y aún hoy en día es la que mantiene esa familia unida, como mejor puede. Pero me duele que ella no sea ninguno de mis padres. Aunque sea la única de los tres que ha actuado realmente como tal.

Ellos, mis padres, están aún hoy en día demasiado centrados en sus problemas, como para pensar en cómo afecta todo esto a esos seres que ellos decidieron traer al mundo. Y todavía hay quien lo sufre. Mi hermano pequeño, que siempre se ha sentido un hijo no deseado (cuando no es así), todavía hoy a sus 27 años lo sufre.

Yo tengo la “suerte” de haberme encontrado con mucha gente, muy diferente a todo esto, en mi vida. Y de tener a mi lado a alguien que me quiere incluso cuando yo no lo hago, que tiene una paciencia infinita conmigo incluso cuando yo misma no me soporto. Que sabe que hay mucho potencial dentro de mí, y como buenamente le dejo, intenta hacer prevalecer eso en mí.

Hoy en día tengo una familia que me quiere. Y sé querer a mi familia.

A pesar de ellos…

Este post, es un pequeño desahogo. Es una forma de visualizar mis mochilas, y de ser, cada día, más consciente de que hay cosas en mí que no son buenas. Ni para mí, ni para los míos. Pero que son cosas que quiero, puedo y debo cambiar.

Con esfuerzo, con constancia, a veces mejor, a veces peor. Pero siempre intentando mejorar.

Mis mochilas son grandes, enormes. Son casi camiones de la mudanza. Porque mi infancia fue muy peculiar. Y mis padres me quieren, a su manera, y supongo que hacían lo que podían. Pero eso no era suficiente.

Las mochilas de SantoPadre también existen. No son tan grandes, son diferentes a las mías, pero también están ahí. Él tuvo una familia y una crianza tradicional. Tuvo lo que en mi generación se llamaba, una familia normal. Una familia común.

Eso no significa que, en términos de criar a un ser para que se convierta en un adulto feliz, lo hicieran bien. Para nada. Y si no, que se lo pregunten a IntensTita.

Pero esa es su historia y yo no soy quien para contarla.

Yo sé que voy a tener mil baches, y que voy a hacer muchas cosas mal, pero me voy a esforzar día a día para que mi hija tenga las bases de una educación feliz y respetuosa. Para que crezca feliz, segura de sí misma, con autoestima y con la certeza de que es un ser válido.

Pero sobretodo, este post es un grito desesperado a todos los padres que estáis al otro lado. Padres futuros, padres novatos, padres de adolescentes o padres de padres. Es una llamada de atención, para recordaros que lo que hagáis y como hagáis sentir a vuestros hijos importa. Aunque solo tengan unos días de vida.

Que les hagáis sentir importantes, importa. Que les hagáis sentir queridos, importa. Que sean vuestra prioridad, importa.

Todo esto no significa que la fórmula sea mágica, y que si tu haces bien tu trabajo como padre, tu hijo vaya a ser feliz si o si, porque al final esos hijos crecen y viven en un mundo complejo, que puede afectarle de muchas maneras.

Pero como padres, traemos niños a este mundo, y quiero creer que hacerlos feliz es la prioridad de cada padre y cada madre. Lo que pasa que a veces, en esta vida moderna que tenemos, esa felicidad de los niños se diluye un poco entre las obligaciones que existen y que nos imponemos.

Porque hay muchas cosas en nuestra vida que podemos volver a hacer más adelante en vez de priorizarlas por encima de nuestros hijos, porque hay cosas en nuestra vida que son superfluas y podemos prescindir de ellas en favor de nuestros hijos, porque hay actitudes que tenemos con ellos que son puro teatro social, que hacemos por el que dirán y no benefician a nadie.

Cómo tratemos a nuestros hijos forjará su carácter, su autoestima y su personalidad. El ejemplo que seamos para ellos les dará las pautas para ser ellos también.

Porque hacer de ellos seres felices y con autoestima debería ser nuestra prioridad.

Mi deseo para todos los padres, es que sus hijos sean felices, en parte gracias a ellos…

No a pesar de ellos…

2 comentarios

  1. Me he sentido muy identificada en tus palabras. Mi familia fue de las “normales”. Pero en cuanto a cómo soy yo, me has descrito. Soy incapaz de discutir con mi pareja aunque en mi cabeza tengo mil cosas qué decir, tengo muchos miedos, soy lo más insegura del mundo. Y creo que con Eloy no lo estoy haciendo muy bien en cuanto a eso. En el cole mis compañeros se metían conmigo y siempre se me ha quedado guardado ahí. En cuanto algo me duele o no estoy bien me escondo cual avestruz y desaparezco del mundo. No quiero ser una carga para nadie ni hacer ver que estoy mal pero al final me como todo y es peor. Ahora no estoy pasando por mi mejor momento y al final con quién lo pago es con Eloy y me acabo sintiendo peor. Me acabo haciendo un bicho bola y de ahí no quiero salir pero no puede ser. Poco a.poco intento cambiarlo para darle a Eloy una educación lo más respetuosa posible porque no quiero que él cargue con ninguna mochila por mi.culpa. gracias por.hacerme reflexionar. Poco a poco espero.conseguir ser mejor madre. Un beso fuerte.

  2. Conciliando por la vida

    21 septiembre, 2017 a las 09:22

    Lo haces genial! Lo primero y principal es que eres consciente de esos sentimientos y actitudes y como buenamente puedes, intentas arreglar esa situación. No es facil, todos flaqueamos, todos perdemos el fuelle y a menudo se hace cuesta arriba y caemos en las mismas actitudes que no queremos repetir. Pero al final la vida es progreso, y el progreso no se consigue de la noche a la mañana. Tienes que pensar que tan solo el tener esa actitud, la de querer mejorar y la de cambiar esa situación, ya es el paso en la buena dirección, y será un paso menos que tendrá que dar Eloy.
    Lo más importante es dejar el pasado atrás, e intentar disfrutar y ser felices con lo que somos y lo que tenemos. El pasado no lo podemos arreglar, pero el futuro si.
    Poco a poco, con paciencia, ya verás como todo mejora!!! Un abrazo enorme!

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: