Hoy os vengo a hablar de una preciosa campaña, que nos hacen llegar Blogdads a través de un carnaval de posts.

#ConvergenciaSolidaria

Esta iniciativa, es una campaña en colaboración con la Fundación Gil Gayarre, una entidad sin ánimo de lucro que lleva 60 años trabajando para mejorar la vida de las personas con discapacidad intelectual o del desarrollo.

Trata de sensibilizar sobre la discapacidad intelectual, de hacernos ver que nos toca muy de cerca, y que ellos merecen el mismo espacio en la sociedad que nosotros. Pero para tener ese espacio, requieren de un apoyo extra, y para eso necesitan de nuestra ayuda.

Dona, comparte y participa.

Si quieres ayudar, puedes hacer un donativo aquí, te animo a compartir su campaña y a darle like a su video.

Y te animo a sonreír siempre que te cruces con alguien que sufra discapacidad intelectual.

Sonríeles con sinceridad, como si se tratase de un abrazo mental.

Ellos lo hacen.

 

Cuando me acercaron esta campaña, me sentí bloqueada. Yo no conocía a nadie, no me había “tocado” a nadie cerca que sufriera discapacidad intelectual.

O eso pensaba así a bote pronto.

Pero no era cierto. Aparte de que a diario me cruzo en el paseo con un grupo de amigos, todos ellos con Síndrome de Down, que derriten mi corazón todas y cada una de las veces, estaba ella.

Que no quiero recordar mucho mi infancia es algo que ya sabéis los que me habéis leído, y por tanto, no suelo valerme de los recuerdos de aquella época.

Pero pensando mucho, pensando en estos chicos que me encuentro a diario, como si de un rayo de sol se tratase, apareció su sonrisa en mi mente.

Ella.

Y su sonrisa.

No recuerdo su nombre, como tantas cosas que decidí olvidar, y no sé porque el nombre Rosa pulula mi mente. Podría ser su nombre, o el de su madre que siempre la acompañaba, o de la profesora que tenía.

No lo recuerdo, pero la llamaremos Rosa. Es un nombre que me gusta mucho, me evoca sentimientos muy bonitos, al igual que lo hacía ella.

Cuando yo era pequeña, vivía con mi padre y mi mami, en un pequeño pueblecito. Contando con todos los chalets apenas sumaba 5000 habitantes, por lo que realmente la cifra se podía reducir a unos 2500… un pueblo pequeñito, vamos.

Una de las primeras cosas que se esforzaron mis padres por reforzar en nosotros, era la costumbre de saludar a todo el mundo. En un pueblo pequeño, al final todo el mundo se conoce, y es de buena educación entregar un saludo.

Había gente que no saludaba, gente que se paraba contigo, gente que te saludaba con la mano o con un gesto. Cada uno tenía su particularidad.

Pero nadie sonreía como ella.

Daba igual que hiciera mal tiempo o buen tiempo, frio o calor, que fuese tarde o temprano.

Ella siempre te decía Hola, con una energía exuberante, y con una de las sonrisas más amplias que puedo recordar.

Eso de por sí, es algo de admirar en alguien, pero si pienso en las dificultades que tuvo que pasar tiene aún más mérito.

En un pueblo tan pequeño, las mentes suelen ser muy cerradas, y lo diferente asusta, incomoda y provoca rechazo.

Ella no tenía las mismas oportunidades que los demás.

No logro recordar si tenía más o menos años que yo, pero tengo una sensación en el cuerpo que me hace recordar que estaba en una clase que no le correspondía.

El colegio al que íbamos, el único que había (ahora por suerte hay un colegio de educación democrática privado también), era el típico colegio de pueblo grande. Venían niños de fuera, de pueblos aún más pequeños, pero contaba con los medios justos para cumplir sus objetivos de manera escueta.

La falta de motivación por parte de los profesores era notoria, tan solo se notaba frescura y pasión en las dos plazas vacantes que habían para profesores de fuera del pueblo. Habitualmente eran gente joven, con una motivación y unas ganas de ayudar y de enseñar.

Los profesores que venían de fuera se volcaban mucho con Rosa.

Pero solo duraban un año o dos allí. Se volvían a ir, y su suerte volvía a quedar a la deriva, a expensas de conocer a otra persona nueva, y esperar que quisiera involucrarse de igual manera.

Recuerdo que el apoyo lo daba una profesora mayor de allí, la que tenía menos horas lectivas, y se seguro que no era un apoyo de calidad.

A Rosa, y a un par de chicos más con problemas, se les sacaba de clase y se les daba clase aparte en una habitación pequeña y sin ventanas.

Esa imagen aún me queda de entonces. Estaba enfrente del comedor, al lado de la sala de informática.

Los aislaban, los trataban como algo diferente, algo que había que apartar.

La excusa es que lastraban al resto de la clase. Frenaban su desarrollo.

Y eso no se quedaba en el colegio, se extendía al resto de la vida.

En un pueblo pequeño, si no encajas, no vales. Estás solo. Te apartan y te encuentras aislado. Me pasó a mí, que tan solo cometí el pecado de ser “extranjera”. No imagino como se debía de sentir ella.

Y aun así, no recuerdo verla jamás triste.

Solo recuerdo su sonrisa.

Si me esfuerzo un poco, recuerdo hasta su tono de voz, su característico Hola y Hasta luego. Pero sobretodo recuerdo su sonrisa.

Hoy en día no sé qué es de ella. Cuando vuelvo a casa, no suelo salir mucho por el pueblo, y no he vuelto a cruzarme con ella.

Con miedo recuerdo que sus padres eran mayores, y temo que ya no estén.

Sueño con que ha conseguido estudiar algo que le motivara, y que esté trabajando en algún taller de empleo adaptado, y sea feliz. Teniendo la vida que deseaba.

Que haya llegado a ser, todo lo que ella hubiese querido ser.

Ser una más. Tener un trabajo. Incluso una carrera universitaria, como Pablo Pineda. Pero sé que esa no es la realidad de la mayoría. Y no lo es, no porque no puedan, sino porque se lo ponemos muy difícil.

En vez de darles herramientas, apoyo y empuje, los apartamos. Son un estorbo.

Entiendo que para una profesora o un profesor solo, con 30 alumnos en una clase, tener un alumno con Síndrome de Down es una tarea titánica que acometer.

Ellos se merecen las mismas oportunidades que nosotros.

Es necesario visibilizar la discapacidad intelectual, para que se destinen más recursos a hacer posible, entre otras cosas, que un alumno con Síndrome de Down, sea un alumno más. Que no sobre en una clase, que pueda estar presente, aprendiendo a su ritmo. Sin que nadie diga que está “siendo un lastre” para el resto de la clase.

Porque las personas con discapacidad intelectual no son diferentes a nosotros. En su corazón albergan sueños, tienen metas, desean ser algo. Y está en nuestro deber, si deseamos llamarnos sociedad justa, el proveer a gente con menos capacidades, de las herramientas y los recursos necesarios para ser uno más. Para que no les dejemos atrás.

Ellos tienen mucho que ofrecernos. Una manera única de ver la vida. Una inocencia y una fuerza de voluntad que he visto en poca gente más. Una resiliencia sin igual. Una amabilidad incomparable.

Una sonrisa.

Rosa tenía una sonrisa como la de ninguna otra.

Rosa me recuerda que a mi  la discapacidad intelectual sí me toca de cerca.

Y a ti, seguro que también hay alguien que te toca.

A pesar de que mi alcance es muy limitado, no quería dejar pasar la oportunidad de aportar a esta causa, dando algo de visibilidad al asunto.

Si me estás leyendo y deseas colaborar, puedes pasarte por aquí y saber más sobre cómo ayudar. Y no olvides usar el hashtag #convergenciasolidaria

 

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