La historia del momento en el que salí del agujero negro en que se había convertido mi existencia.

Y como los afectados por la Urticaria Crónica pueden dar un poco más de luz a su situación.

Para esta ocasión os voy a traer un post algo especial. Es una iniciativa fantástica, que prentende dar luz y visibilidad a problemas que a lo mejor no se tratan a diario. Lo había visto ya un par de ocasiones pasar por delante de mí y que me parece una manera genial de aportar y apoyar.

Carnaval de posts

Es una propuesta en la que nosotros, blogueros y podcasteros, contamos una historia en la línea de una temática propuesta. En esta ocasión se trata de cómo le dimos la vuelta a una situación de nuestra vida.

De cómo le dimos la vuelta a la tortilla.

En el caso de las personas afectadas de Urticaria Crónica, esto pasa por pasar a tener un papel activo en su enfermedad, acudiendo al médico y buscando ayuda profesional, para obtener un diagnóstico. Es importante que los afectados se impliquen en ello, pero no pierdan la esperanza, ya que por desgracia, la UCE es una afección cuyo diagnóstico suele tardar una media de 2 años en realizarse.

Entre los síntomas de la UCE, están el picor extremo y la hinchazón que en ocasiones, deriva en efectos negativos como el insomnio, la depresión o la ansiedad. Asimismo, los síntomas desembocan en falta de energía o fatiga, irritabilidad, aislamiento social y laboral y en trastornos emocionales, entre otros, además de sentirse condicionados en sus relaciones sexuales.

Si tienes estos síntomas, y crees que puedes estar pasando algo similar, no dudes en acudir a tu médico, pedir ayuda en la Asociación de Afectados de Urticaria Crónica y en la web Tu cuentas mucho.

Si crees que puedes estar sufriendo UCE, no dudes en dar el paso y pedir ayuda. No dudes en dar el paso hacia un diagnóstico para mejorar tu vida.

Porque el diagnóstico puede tardar en llegar, pero seguro que una vez que llegue, hará más llevadera la afección.

En mi caso, el cambio en mi vida también tardó en llegar.

Una vez que di el paso, mi vida no dio un giro de 180º de la noche a la mañana, pero el día que decidí dar el paso, algo en mí cambió, y nada volvió a ser igual.

Esta es la historia de como dejé atrás una época en la que crecí mucho como persona, en la que aprendí mucho y conocí a gente maravillosa.

Pero que casi acaba conmigo.

Aún recuerdo como si fuese ayer el día que entré por la puerta de aquel lugar por primera vez.

Tenía 20 y pocos años, y tenía ganas de comerme el mundo. Cualquier cosa que me dijeran me parecía bien. Llevaba casi 2 años desde que había acabado la carrera, sin encontrar un trabajo. Había hecho muchos cursos, había ayudado a un familiar con sus proyectos y había hecho varias entrevistas de trabajo. Pero el trabajo no acababa de llegar.

Hasta aquel día.

Me hicieron un minientrevista, en la cual yo estaba hipernerviosa, y viendo que yo podía funcionar allí y que estaba dispuesta a aceptar lo que fuese, decidieron llevarnos a mi y a mi suegro, que me acompañaba a ver la nueva nave donde iban a trasladar la empresa en cuestión de meses.

Aquello era espectacular. Me compraron del todo. Todo parecía maravilloso.

Pero ni siquiera dos semanas más tarde, ya empezó a ser todo menos idílico. Tuve un encontronazo con mi jefe, uno de los 3 socios, porque no se comunicaba conmigo. Entré a prueba, y el había acordado avisarme sobre la marcha si continuaba en el trabajo o no. Pero no lo hacía. Me habían llamado de otro trabajo que me interesaba menos, para hacer la entrevista final. Pero claro, si no querían que siguiera allí, necesitaba saberlo, para no rechazar la entrevista. Por lo visto le sintió fatal que lo interrumpiera  al final de la jornada para pedirle que me dijera si me querían allí o no.

Al día siguiente, me juntó en una mesa con su otro socio, y en tono muy amenazante, me dijo que si no quería estar allí, que podía coger la puerta e irme. Yo no entendía nada. Solo había pedido que me informaran, porque no tenía ni contrato, ni nadie me decía nada. A mi superior tampoco le contaban nada.

Aquello se quedó en una anécdota, pensé que era novata y no me había sabido comportar. No sería la última vez que me encontraría en esa situación.

Fue la primera señal de alarma que decidí no escuchar.

Era un trabajo y lo necesitaba. Porque a pesar de trabajar más de 45 horas semanales, de cobrar menos del salario interprofesional firmando nóminas más altas de lo que cobraba, de trabajar rindiendo al 150% en condiciones pésimas… era un trabajo, y lo necesitaba.

Y casi sin darme cuenta, empezaron a pasar los meses. Empezaron a suceder cosas cada vez más feas. Mis compañeros más veteranos no dejaban de quejarse y lanzar pestes sobre el trabajo, y aunque yo no lo quería ver, que razón tenían.

Empezaron las jugadas sucias.

Me ascendieron a jefa de departamento tras solo 6 meses, apretándome las tuercas cada vez más y más. Y me pidieron explícitamente que no le comunicase nada de esto a mi superior hasta el día. Hoy en día veo claramente una situación de mobbing ahí, pero yo no me podía negar. Era eso, o a la calle. Ya encontrarían a otro que hiciese lo mismo que yo. No dudaban en repetir esto siempre que podían. Aunque hoy en día sepa que no era cierto.

Mi ahora compañero,  aceptó aquello sin más, esperando que lo echaran algún día para llevarse su cheque, y aunque no dudaba en picarme con el tema, siempre fue bueno conmigo. Él me enseño mucho de lo que sé, y me enseñó donde y como buscarme la vida para solucionar problemas.

Los meses pasaron a ser años.

Empezaron a pagarnos tarde, mal, sin avisar, sin dar explicaciones. La crisis. Ya sabéis.

Mi compañero se marchó, y me quedé sola al frente de una carga de trabajo excesiva, con algo de ayuda externa con la que no podía mantener ninguna comunicación. Todo pasaba a través de mi jefe. Si no le gustaba a él, a la basura. Si lo que él quería enfadaba al cliente, se tenía que hacer. No dudaban en enfrentarnos entre compañeros, en tratar a los comerciales de la empresa como enemigos.

Y no dejaban escapar ninguna oportunidad para aleccionarnos sobre tener la mínima relación con los compañeros de trabajo.

Acotar nuestras conversaciones.

Pero como comprenderéis, pasando 11 horas en aquella nave de aspecto estupendo pero de entrañas podridas, necesitabamos desahogarnos como fuese.

Yo estaba ya en un punto muy feo. Tenía una depresión como un castillo de grande. Y no quería saber nada de medicación o tratamientos.

Los compañeros de departamento, siempre novatos sin ninguna experiencia ni conocimientos (que son bien baratitos), pasaban por delante de mis narices. Perdía el tiempo y la salud en formarlos para el puesto (o al menos para hacer lo que pudiesen), a la par que seguía con el ritmo infernal de trabajo, para verlos huir o ser despedidos al poco tiempo. Uno detrás de otro. Conocí a gente maravillosa y perdí mucha salud por el camino.

Las promesas de un horario más compacto, de trabajar desde casa, de mejorar las condiciones, se esfumaban en el aire como mensajes en la arena arrastrados por las olas.

Entre compañeros, nos quejábamos, nos llorábamos las penas, intentábamos animarnos, nos dábamos una palmadita en la espalda y a seguir.

Y llegó el primer gran bofetón.

Llegó el día en que desee que la amenaza se cumpliese. Tras casi un año cobrando hasta dos meses y medio tarde, de manera irregular, unos ahora y otros más tarde, habíamos formado un chat de Whatsapp. Para quejarnos, para desahogarnos.

Aún lo guardo en un mail, sin atreverme a leerlo porque aún me duele demasiado. Curioso. Casi 5 años más tarde. La herida está cerrada, pero la cicatriz sigue ahí.

Pero a pesar de no leerla, sé seguro que no insultaba a nadie, pero si me quejaba mucho de la organización de la empresa, de la excesiva carga de trabajo, de lo mal que cobrábamos y de las penosas condiciones laborales.

A día de hoy seguimos sin saber quién lo hizo, pero alguien decidió mandar la conversación completa a los jefes. Los que insultaban y eran prescindibles acabaron en la calle. Al resto les echaron una buena bronca.

Pero a otro jefe de departamento y a mí, que nos querían allí, pero atados bien en corto, nos mandaron dos semanas a casa, a “pensar” sobre lo que habíamos hecho. Amonestación verbal firmada y discurso amenazante más tarde, aceptamos ser borregos sumisos para conservar nuestro trabajo.

Quejarnos sobre las condiciones laborales de mierda que teníamos no era aceptable. O te “implicabas” con la empresa o a la calle.

Tenías que dar el 200% de ti y ser un borrego sumiso, a cambio de poco o nada.

Ojala me hubiese ido a la calle. A día de hoy recuerdo lo feliz que estaba cuando mi pareja me dijo que había hablado con el abogado y lo íbamos a pelear… y cuando me pidió que lo dejara estar, porque solo contábamos con mi sueldo y yo no podía dejar el trabajo.

Me hundí en la mierda, y volvieron a pasar los años.

Y mi depresión, mi ansiedad y mi angustia fueron en aumento. Recuerdo que lloraba semana si semana también. Los días pasaban como una suerte de tortura infinita. Con algunos rayos de sol entremedias, con mucho apoyo de la piña que formábamos los compañeros, y con muchos palos laborales encima. Con jugadas rastreras un mes sí y otro también.

5 años habían pasado así, y mi vida era una suerte de infierno cíclico.

Después de una semana especialmente dura, con una jugada muy sucia hacia una compañera de mi departamento, me planté y le eché cara. Le dije que los cambios de turnos no los iba a aguantar una semana más, porque si iba a pasarme medio mes sin ver a la persona con la que compartía cama, yo pasaba del tema.

Me volvió a soltar una amenaza de las suyas.


“El que no quiera estar aquí, nadie le obliga. Yo sé que te va a ir muy bien fuera”


Supongo que para él fue una amenaza más de las tantas que me había soltado en 5 años. Pero ese día, esa vez, algo en mí hizo click.

La persona que se había encargado de convencerme a mí misma que no existía mundo más allá, que no valía, que tenía que dar gracias por tener trabajo… me decía que me podía ganar la vida fuera de allí.

Se me abrieron los ojos.

Y de repente, me encontré hablando con SantoPadre de la posibilidad de dejar el trabajo, empezar a buscarme la vida por mi cuenta, y así poder ser padres como deseábamos. Teniendo tiempo para la educación. Estándo presentes.

Unos meses más tarde me plante en la oficina, tras convocar a los socios, y les comenté que dejaba el trabajo para intentar trabajar por mi cuenta y curar mi estrés para poder quedarme embarazada.

Aún no estábamos buscando ser padres, pero mi médico ya me había dejado claro, que en mi estado iba a ser casi imposible.

Ese fue el día que le dí la vuelta a la tortilla. Ese fue el día que mi vida cambió.

Aún pasarían bastantes meses antes de irme. Quería dejar a mi compañera con la mejor formación posible para el puesto, me habían pedido dejar un manual con todos los procesos y métodos de trabajo por escrito, y quería dejar todo lo mejor cerrado posible, antes de irme.

Pero ya no me podían hacer daño. Ese día, a pesar de que me quedarían muchas semanas por delante antes de pisar por última vez aquel lugar, a pesar de tener que recibir aún muchos bofetones profesionales, me empecé a curar.

Aquel día empecé a respirar. Ese día volví a vivir.

Hasta el último día me hicieron jugarretas a diario, pero ya no podían herirme. Ya no tenían poder sobre mi.

Era libre.

Al igual que con la Urticaria, mi salud no mejoró de la noche a la mañana. No me curé por una suerte de milagro instantáneo.

Pero mi vida mejoró.

Y por fin emprendí el camino para volver a ser feliz.

A día de hoy, me quedo con la maravillosa gente que conocí, todo lo que aprendí, y lo durísimo que trabajé durante tantos años a pesar de las dificultades. Hoy, es un capítulo cerrado de mi vida.


Si estás sufriendo UCE, o cualquier afección. No dudes en dar el paso. Toma las riendas de tu vida, dale la vuelta a la tortilla, y hazte dueño de tu situación.

#DaleLaVueltaaLaUrticaria