Hace unos días os conté en este post qué es el colecho, como practicarlo de manera segura y cuales eran para nosotros las ventajas y las desventajas de colechar con nuestro bebé.

Hoy os voy a contar un poco más en detalle como nos ha ido en estos meses y cual es la historia detrás de nuestro colecho.

Nuestra historia. Nuestro colecho.

Hoy en día, 10 meses más tarde, nuestro bebé y  nosotros seguimos colechando. Y puedo decir que nos hace muy feliz como familia.

Nos sentimos más seguros con ella en la cama.

A mí para la lactancia, el colecho me ha salvado la vida. Porque con un problema como la anquiloglosia me hubiese supuesto levantarme entre 5 y 15 veces todas las noches. De haber sido así, hubiese sido desastroso para mi sueño.

Como os contaba en el anterior post, el colecho favorece el sueño.  En especial el del padre, que no se suele enterar de mucho si el bebé no llora. SantoPadre dice con mucho orgullo que puede contar con los dedos de una mano las noches que ha dormido mal. Y con dormir mal, me refiero a desvelarse aunque sea una sola vez en toda la noche. Él ha dormido desde el principio 8 horas casi del tirón.

A día de hoy, si algo tengo claro es que en esta casa se hace colecho.

Y se va a seguir haciendo mientras nos haga felices a los tres.

Pero eso no fue así desde el principio.

Por desgracia. Y desconocimiento. Pero sobretodo por la presión de mi entorno.

Nosotros teníamos claro desde un principio que queríamos cohabitar. Queríamos que Intensita durmiese en nuestra habitación por muchas razones, pero no teníamos pensado que durmiera en NUESTRA cama.

Con todo nuestro esfuerzo habíamos reconvertido de manera respetuosa la minicuna que nos habían prestado. La abrimos para que fuese una minicuna sidecar (pegada a nuestra cama y los colchones a la misma altura). Teníamos ya pensado como íbamos a montar la cuna también prestada para que estuviese abierta a nuestra cama. Teníamos hasta 4 sacos de dormir, entre regalados y comprados.

Pero de ahí a dormir, para nosotros había un paso.

Hoy en día sé que lo que nos frenaba, más que todo, era el desconocimiento propio y la presión social al respecto.

Desde el momento que nació no dejamos de escuchar que la dejáramos en su cuna.

Esé fué, para nuestra desgracia, un mensaje que caló muy hondo desde el primer día.

Llegó ese primer día, el día que Intensita vino al mundo.

Cosas del instinto, el día que nació, de noche, la sentía tan desprotegida… Sentía tan necesario el piel con piel… Me agobiaba tanto que no tenía claro si se estaba agarrando bien o no al pecho… Que nos salió solo, que la metí en la cama del hospital conmigo.

¡Yo en el hospital lo tenía claro! Ella tenía que estar pegada a mí en todo momento. Yo me ponía al lado de la ventana, ella en medio y SantoPadre dormía en el sillón a mi lado haciendo de parapeto por el otro lado. Intensita casi no tocó la cuna/caja de metacrilato que te ponen en el hospital.

De manera natural, sabía que no podía dejarla lejos de mi.

Pero al llegar a casa, todo cambió. Cuando entras por la puerta de tu casa, el shock del padre novato te invade . Recibes todo tipo de consejos de los “sabios” de la educación (¿porque los escucharemos, si algunos por no tener, no tienen ni hijos, ya no te digo idea?). Y la fuerza de la corriente cultural, nubla tu juicio y te provoca una sordera para con tu instinto nada sano.

Eso nos pasó a nosotros. Y nos pasamos las primeras dos semanas luchando contra todo, en especial con el tema del dormir. Entré en un bucle muy peligroso,  apenas dormía,  llorábamos constantemente, ella y yo, y parecía que nada iba bien. En especial, la segunda semana,  fue muy dura. Se me había pasado toda la euforia del parto. El agotamiento, el haberme extralimitado en los primeros días y la falta de comprensión de la situación pasaron factura.

El final de esa segunda semana fué horrible.

Jamás se me olvidará la noche del día 11 de nuestra nueva vida.

No había conseguido juntar más de 4 horas de sueño en un día desde el día que nació. La primera semana habia dormido 16 horas en total (¡en 7 días!). La episiotomía me estaba dificultando todo horrores, y mi hija se pasaba el día en el pecho y llorando, por culpa de un frenillo sublingual que nadie detectaba.

Habían pasado 11 días que iban cada vez a peor, y esa noche fue la decisiva.

Yo me esforzaba todo lo que podía en seguir con el círculo vicioso. Le daba pecho, esperaba que se durmiera, le daba un tiempo de margen para que el sueño fuese profundo y la ponía en la minicuna con mucho cuidado. Para que se despertara los 5-15 minutos. La volvía a coger y empezaba de nuevo la rutina.  Miraba el despertador esperando esta vez 5 minutos más que la anterior para dejarla en la minicuna. Y volvía a empezar.

Acabé llorando en el salón, como lo hice todas las noches hasta ese día. Como lo haría otras tantas más hasta que nos cogimos la medida y el problema de la anquiloglosia mejoró.

Después de no dormir más de hora y media en tramos de 5 minutos, decidí que no podía seguir así. No habían pasado ni dos semanas y aquello ya era un auténtico infierno. No quería estar así, no quería vivir así.

Así que al día siguiente, leí una vez más sobre el colecho seguro, y me la metí en la cama.

Hizo su toma, se durmió, y yo me recosté un poco más hacia abajo sobre la pila de cojines que me sostenía. Así, encima de mi pecho, tapada por mis manos y una fina manta, se durmió. Más de 1 hora seguida. Y yo pude dormir. Por fin.

Esa mañana lloré otra vez. Pero de alivio.

Poco a poco, fui consiguiendo que durmiese entre nosotros. Ella arriba, flanqueada por las almohadas a una distancia prudencial y vigilando siempre que la manta no la cubriese mucho. Y día a día conseguí que las tomas nocturnas las hiciese más tumbada.

Fué mágico.

Que todos durmiésemos bien, no fue algo que sucediera de la noche a la mañana.

Pero el poder dormir al menos 5-6 horas, en tramos de hora, hora y media, a mi me salvó. De acabar loca, de mandar la lactancia a paseo y de arrepentirme de ser madre.

A día de hoy, solo me duele no haber escuchado a mi instinto. Aquel que me gritaba que mi hija me necesitaba, que pasaba algo y yo no la estaba escuchando.

Me duele haberle hecho más caso a los demás que a mi hija.

Hoy por hoy, además, sé que los bebés recién nacidos tienen la necesidad de sentir cerca a sus madres. En nuestro caso, con un bebé que se sentía tan mal por culpa de los gases, con más razón.

Yo no os voy a recomendar que hagáis colecho o que no. Creo que es algo que cada familia debe valorar. Yo os he contado mi punto de vista, que espero que os sirva para decidiros por una u otra opción.

Lo que si os recomendaré siempre, es que hagáis caso a vuestro instinto.

Sabe más que vuestra vecina.

 

Imagen: @teksomolika para Freepik