A veces se me olvida que soy madre.

Algunos días, cuando miro a mi alrededor y mi vida parece un desastre, se me olvida que soy madre.

Cuando miro a mi alrededor y mi casa parece un campo de batalla y el polvo y las “manolitas” me devuelven la mirada, me pregunto cómo puedo ser tan desastre, como es posible que tenga la casa tan mal organizada…

Se me olvida que tengo una hija mono, que necesita mucha atención, que no va a la guardería, y que toma el pecho. Y tantas otras cosas. Se me olvida que el día tiene 24 horas. Que de esas 24 horas me paso la mayoría al servicio de los demás.

Se me olvida que estoy disponible a todas horas.

Me pregunto cómo puedo estar tan agotada, si me acabo de levantar.

Y por alguna extraña razón, mi mente le resta importancia a que por mucho que pase 8-9 horas en la cama, mi sueño se vé interrumpido una mínima de 3 veces cada noche… y apenas logro rascar 6 horas de sueño.

Desde luego que comparado con dormir 3/4 horas en toda la noche siendo interrumpida cada media hora, no hay color… Pero esto no es descansar como es debido.

Así que me arrastro fuera de la cama y me concentro en hacer mil y una cosas, recoger un poco la casa, planificar la comida, repasar el blog, informarme sobre educación y crianza. Y cuando hay trabajo, exprimir cada minuto que mi hija no duerme o se divierte delante de la tele. Malamadre.

Cuando veo que a pesar de no parar ni un segundo y estar constantemente haciendo cosas, apenas saco “resultados”, me agobio.

Se me olvida que soy madre.

En esos momentos en los que abro mi hoja de Excel con la contabilidad de mi trabajo, hago números y el beneficio obtenido no llega ni a Renta de Inserción Social… y me siento un fracaso, siento que no estoy consiguiendo nada y que no estoy aportando lo que me gustaría.

No se me ocurre pensar que consigo cubrir gastos, que consigo pagar todas mis cuotas y mis impuestos. Que eso en sí, ya es toda una proeza.

Se me pasa pensar que todo esto lo consigo rascando apenas un tercio de jornada laboral, con constantes interrupciones y sin horarios ningunos…

Por un momento, desaparece de mi mente el hecho real: que mi trabajo principal ha pasado a ser el de cuidadora y educadora. Que es un trabajo que me ocupa mínimo 20 horas al día.

Le resto importancia al hecho de que tengo que llevar un negocio adelante, ayudar en los proyectos en los que me implico, escribir en un blog, llevar media casa, cuidar de mi misma y de mis amistades y sacar hueco para formarme y aprender más sobre crianza… todo ello en 4 horas que tengo a mi hija apartada de mi… un par de metros… en la habitación de al lado…

O con ella. Reclamando constante atención, cariño y apoyo. Vamos, lo que viene siendo, cuidar de ella.

Se me olvida que soy madre las 24 horas.

Que cuando decidimos que seríamos padres, incluso antes, teníamos claro que queríamos que nuestra hija (o hijo) se criara en casa el mayor tiempo posible. Que acudiera a la escuela infantil lo más tarde posible.

Que la decisión es que yo me quedaría en casa con ella. Cuidando de ella y de la casa. Ese es mi trabajo principal, es mi primer trabajo, con una jornada de doble turno. Noche y mañana.

Aún así, miro a mi otro trabajo, el que tenía antes de ser madre, con vergüenza, porque no consigo producir como producía antes. Se me olvida, que ahora tengo menos de un tercio del tiempo que tenía antes. Y aún así logró mantener los ingresos a algo más de la mitad.

Se me olvida que además de emprendedora, soy madre a tiempo completo, y se me olvida que no llego a todo.

Que no puedo llegar a todo.

En la época de mi abuela, ser madre, lo que se denomina “stay at home mum”, madre a todas horas, era EL TRABAJO. No había más. Y aún así faltaban las horas.

Yo no solo soy eso, yo también consigo llevar un negocio adelante, con mejores resultados objetivos comparando tiempo-beneficio, y encima he decidido ayudar y ser útil en otros proyectos, y aún con todo ello, exprimo el tiempo para escribir en este blog.

Por eso, no logro comprender como es posible que mi mente me haga esto. Porque a veces se me olvida que soy madre.

Se me olvida que soy madre, y tantas otras cosas.

Entre ellas, que soy humana. Que soy persona. Que también necesito un poquito de tiempo. De cuidarme a mi. Y decido doblar un poquito más el reloj, y abrir una brecha en el tiempo.

Enciendo la ducha.

Me lavo el pelo y empiezo ese ritual que solo me puedo permitir el lujo de repetir una vez a la semana. Para el resto de días, con entrar y salir, y que me haya rozado el jabón alguna parte del cuerpo, me vale.

Y dejo correr el agua. Me concentro en su sonido.

Me pierdo en el vació de la mente en blanco, y solo noto el agua templada correr por mi espalda.

Se me olvida que existe el mundo.

Se me olvida que soy madre.

Y entonces, corto el agua, me envuelvo en la toalla, esquivo el cubo de los pañales, aparto el muñequito de Pocoyó de mi camino, y la oigo gritar arriba, jugando con su padre.

Y me vuelvo a acordar.

3 comentarios

  1. Qué post más bonito y sincero. Eres madre y trabajadora, esposa y amiga, bloguera… Y todo lo llevas hacia delante. Ánimo y fuerza!!

  2. Me siento muy identificada contigo, estoy en la misma situación. Trabajando mayormente des de casa, rascando horas cómo puedo, y a cargo de la casa y una bebé (más un niño cuando sale del colegio). Apenas cubro gastos y hay días que me siento un lastre eeconómico. Pero luego pienso el dineral que nos ahorramos en canguros y guarderías y sale a cuenta.
    Gracias por este post tan sincero, un abrazo!

  3. Como bien dices… Eres mucho más, así que no te presiones tanto por ninguna de esas facetas. Ya sabemos qué pasa cuando intentas llegar a todo… Y no queremos que pase. Un abrazo fuerte!

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