Un padre dando de comer a su bebé en un restaurante al lado de su pareja, para carta abierta a los padres del niño que chillaba en el foster's hollywood
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Carta a los padres del niño que chillaba en el Foster’s Hollywood.

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Hola.

Si sois esos padres del niño que chillaba en el Foster Hollywood de Linares el 14 de febrero de 2019, a eso de las 4 de la tarde, esta carta es para vosotros.

Aunque también es para el resto de la humanidad.

El niño que chillaba en el Foster’s Hollywood en san Valentin.

Hoy es, era, día de san Valentin. Jueves.

No sólo eso. Era nuestro aniversario. 15 años juntos. Parece ayer. Pero esto no es relevante.

Estábamos en el Foster’s Hollywood por una cantidad enorme de razones.

Una de ellas porque la última vez que fuimos a un sitio elegante todo engalanados los dos, en el día de nuestro aniversario, juramos y perjuramos que no saldríamos nunca más en San Valentin.

Aquella ocasión, hace mucho años, en la mesa al lado nuestra no se escuchaban más que gritos, voces altas, golpes y más gritos.

Horrible. ¿Qué manera es esa de pasar un San Valentin?

Concluimos que para salir así, era mejor no salir.

Con los años, decidimos ir volviendo a salir pero esta vez con pocas expectativas de pasar una noche o tarde tranquila y romántica, sino más bien el salir por comer en otro sitio que no fuese el comedor de nuestra casa. Eso lo hacía suficientemente especial.

Como quien no quiere la cosa el Foster’s Hollywood, que es nuestro “guilty pleasure” se fue convirtiendo en el lugar de las celebraciones. Es para empezar de los pocos sitios que aceptan que te sientes a comer a las 3 y media de la tarde, que es cuando llega SantoPadre. Vamos, que es el lugar perfecto para acabar, cuando no tienes otra manera de cumplir con aquel buen propósito de disfrutar.

Este año volvimos a ir al Foster’s, como hacíamos desde que nació la niña.

Y esta vez volvieron a haber gritos, chillidos y golpes.

Pero eran diferentes.

Esta vez era un niño el que chillaba en el restaurante.

Un bebé de apenas un año

Esta situación me cabrea mucho.

Y me cabrea por la razón contraria a la que le cabrea a la mayoría de la gente.

En esta situación, he sido super comprensiva. Lo entiendo totalmente. Era un niño, que no había cumplido el año, metido en un restaurante a reventar, seguramente muy pasada su hora de la siesta o mal despertado de la misma.

Es normal que un niño de esa edad grite y llore.

Un niño, en plena edad de explorar, recluido a los brazos de sus padres que no le dejan tocar casi nada, o a la silla de paseo.

Intentando acallar esos gritos como podían, muertos de vergüenza, sus pobres padres.

Recibiendo más de una mirada reprobatoria. De esas que te gritan, llévate al niño, tu que haces aquí, haberte quedado en tu casa.

Se me encienden las entrañas.

En la ocasión anterior que os comentaba, la del restaurante elegante, nadie miro mal y nadie se atrevió a juzgar a los ocupantes de la mesa escandalosa con la mirada.

¿Sabéis cual era la diferencia?

Los que gritaban eran todos adultos.

Esos que se suponen que han aprendido a comportarse en un restaurante. A ser respetuosos con los demás. Que han aprendido a convivir en sociedad.

A diferencia de ese inocente bebé, que apenas sabe lo que es su pie, no te digo comportarse en un restaurante.

Yo no estoy libre de pecado, todos los no-padres y pre-padres hemos pensado alguna vez, “[insulto] con el niño, lo podrían educar sus padres…” sin tener ni puñetera idea de lo que supone educar y de lo que supone un niño.

Ayer muchas de las miradas reprobatorias eran de gente que claramente era padre. ¿A lo mejor habían tenido la suerte de tener un niño seta? ¿O quizás eran de esos padres que educaban en la amenaza y en criar niños miniadultos? No lo sé ni entraré a juzgarlo.

Lo que si se, es que todos los presentes fuimos niños. Y la gran mayoría, nos quejamos amargamente de no ser más creativos, atrevidos y felices en la vida. Quizas fue porque mataron bien pronto al niño interno que hay en nosotros, y nos obligaron ser setas que tenían que estar calladitos y ser meros objetos de exposición.

Parte de mi amor de san Valentin hoy va por esos dos padres.

Padres de dos. Que hagan lo que hagan lo estarán haciendo mal. Si deciden no salir, se sentirán recluidos, apartados, ciudadanos de segunda que no pueden participar de la vida normal y corriente tan solo por haber gestado.

Si deciden salir, siempre habrá quien piense que ojala no hubiesen salido, que los padres y especialmente los niños, son gente que estorba.

Repito.

Tu también fuiste niño. A lo mejor eres así de amargado porque a ti tampoco te dejaron ser niño en tu infancia.

Una sonrisa cómplice.

Ya os digo que este tema me enciende.

Porque sé que éramos de los pocos que oían tales gritos y se nos revolvía el estómago… pensando en lo mal que lo estarían pasando esos pobres padres.

Que habían decidido salir a tener un momento un poco más especial, a recordarse que se quieren, a pesar de la extenuación que suponen tener una niña de unos 5 años y una criatura rondando el año (calculo).

Intentando entretener como podían a ese pequeño intenso (I can relate), chistando con la vana esperanza de que gritara menos. Haciendo turnos para comer, mientras el otro salía fuera, o se los llevaba al parque.

So good for the romantic moment.

En un momento dado me giré y le sonreí a él, que estaba en mi ángulo de visión, con un gesto de ¿Qué se le va a hacer?

Estuve tentada a escribir sobre un posavasos “Ánimo, lo estáis haciendo bien”, pero me daba miedo ser muy intrusiva en un momento tan delicado, me daba miedo que no entendieran el mensaje de apoyo, cuando seguramente pesaban que todo el restaurante les odiaba.

El eterno debate: recluirse o sufrir.

Porque como padre de una bebé/niña pequeña, se lo que es ese sentimiento, de salir con la esperanza de disfrutar un poco y romper la monotonía del arrastre que supone la maternidad.

Y vivir con la angustia de si tu hija va a molestar.

Los hijos, propios o ajenos, no molestan. Son niños. Tienen necesidades de niños.

Y no, no debería haber sitios para niños, a los que nos castigaran a acudir a todos, padres e hijos.

No deberíamos tener que elegir entre pasar una velada especial y romántica en el chiquipark o el Burguer King, o lanzar los dados a ver cuantas maldiciones gitanas nos caen hoy.

Ciudadanos de segunda.

Si la gente fuese tan sólo un poco más comprensiva y amigable, los padres no sentiríamos que esta es un tarea más dura de lo que realmente es.

Porque es muy duro que te digan que hay que ser padres, que el objetivo vital superior es formar familia y tener hijos, para luego ser “castigado” por ello. Ser el paria de la sociedad, hasta que esos pequeños mocosos se conviertan en seres útiles y beneficiosos para el sistema.

Voy a cerrar esta carta abierta, recordando a esos dos padres, que lo hacen lo mejor que pueden.

Recordarles que son buenos padres.

Que me parecen unos valientes, por salir en familia a pesar de lo que pueda ocurrir.

Que sigan saliendo, que es su derecho y su obligación para con sus hijos, seguir disfrutando de las cosas de la vida igual que los demás.

Que no deberíamos buscar alternativas para poder ir a los sitios sin niños, o tener niños no niños, sino que el camino a una sociedad emocionalmente sana pasa por entender que los niños son niños.

Que los niños gritan, y los niños son intensos. Que dejarán de serlo con el tiempo. Y que ojala no hayan perdido todo ese espíritu para cuando hayan sido mayores, donde si les exigimos todas esas cosas que les hemos negado hacer de pequeños: defenderse, ponerse firmes en su lugar, gritar las injusticias, y protestar por aquello que no nos gusta.

Estamos con vosotros.

Y si has leído esta carta, y has pensado que por supuesto que esos padres no deberían haber salido o deberían educar mejor a sus hijos, les recomendaría pasar un tiempo con niños.

Aprendiendo de ellos, viendo la vida como ellos.

Quizás y solo quizás, dejarían de ser unos amargados de la vida y unos niñofóbicos.

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Comentarios (2)
  1. Desiré 6 meses hace

    Yo no tengo niños, y soy de las personas que opinan que, cuando tienes niños pequeños, por sentido común, consideración y respeto a los demás, hay cosas que no deberías hacer. Salir a cenar a un restaurante con tu bebé, en San Valentín, quizá es una de ellas. Un viaje largo en avión es otra. El cine y el teatro, por descontado.

    A algunos nos gusta ir a los zoos, safaris, parques temáticos o parques de atracciones, y solemos tener que esperar pacientemente por ejemplo, a hacernos fotos con animales, hasta que los niños de todas las familias felices se las han hecho todas, porque si se nos ocurre decir “señora, perdone pero yo estaba antes” pues eres un monstruo horrible sin humanidad ninguna. Así que si el Bambi del Faunia ya se ha aburrido de niños y se va cuando te ibas a hacer la foto tú, pues te aguantas, total eres adulto, no tienes derecho a que eso te haga ilusión.

    Lo mismo con el teatro o los musicales. Algunos espectáculos son para todos los públicos y cuando compras tu entrada, asumes que va a haber familias con críos, y eso es estupendo, por supuesto. Pero si tu niño es demasiado pequeño como para aguantar 2 ó 3 horas sin gritar ni llorar, simplemente no deberías ir. Pero dan mucha pena esos papis desesperados. Pero una pareja que se puede permitir un capricho de estos 2 veces al año, no le da pena a nadie. A nosotros nos toca aguantarnos y entender a los papis.

    Sé que he sonado horrible, pero no pretendo ofender. Es simplemente mi opinión. Jamás le he dicho nada a unos padres, ni mucho menos a los críos, ni he sido de las que miran con reprobación. Simplemente he vivido esas situaciones desde mi punto de vista y quería exponerlo.

    Además, me gustaría terminar diciendo que admiro a las personas con tanta empatía como tú. Si todo el mundo fuera así de comprensivo con la gente que le rodea, el mundo sería mucho mejor.

    Responder
    • Zora Groothuis Arroyo 6 meses hace

      Gracias por leerme y escribir un comentario Desiré.

      Creo que sobra que diga que no estoy para nada de acuerdo con tu punto de vista, pero entiendo (he estado ahí) que no es fácil ponerse en zapatos ajenos.

      Lo único que me gustaría que reflexionaras son dos cosas:

      – Entiendo que es un fastidio disponer de poco dinero, invertirlo en una actividad y que no sea lo esperado. Los padres habitualmente disponemos de un poder adquisitivo aún menor debido a que o bien debemos gastar parte del sueldo en guarderías, o bien pedimos una jornada reducida (de tiempo y sueldo) o directamente optamos por renunciar a un sueldo entero para poder criar. Y además esos ingresos que son ya de por sí más bajos que los que pueda tener una pareja sin hijos, tenemos que repartirlo entre más personas (si, los niños son personas). Vamos, que si a ti te supone un esfuerzo salir a hacer una actividad, ten por seguro que las familias a tu alrededor han tenido que hacer malabares para poder permitirse el mismo.

      -En cuanto al punto en el que por “sentido común” no deberíamos acudir a según qué sitios (en especial me ha chirriado mucho lo de los viajes largos, puesto que tengo familia en el extranjero y no hay otra manera de llegar hasta que inventen el teletransporte o el “famiy only planes”), solo quiero que imagines como te sentirías si a otras personas no les pareciese bien que tu volaras, fueras a un restaurante o al Faunia de turno, por ser mujer, blanca, española, extranjera, ama de casa o cirujana… o por tu edad. ¿Es muy discriminatorio no?

      Partir de la base que todos los niños van a molestar y que todos los adultos nos comportamos maravillosamente, creo que es atrevido cuanto menos. Creo que en el post lo dejo claro, el día que decidimos no salir nunca más, eran todo adultos, y los gritos eran más exagerados que los del niño en cuestión.

      Entiendo perfectamente que es un fastidio tener que aguantar según qué situaciones, repito que he estado ahí y he pensado también que era un fastidio (ojo, jamás que ese no era su lugar).

      Pero igual que una persona sin hijos puede entrar en un lugar que la sociedad etiqueta como para niños o familias (zoo, musical, Faunia) y nadie piensa que no perteneces a ese lugar por no tener hijos, los padres agradeceríamos que no se nos “vetara” de ciertas areas o lugares del mundo en el que vivimos todos. Del mundo en el que luego nuestros hijos barreran las calles, curarán heridas, harán pan, velarán por la seguridad y cuidarán a todos los mayores… hayan estos tenido hijos o no.

      Y créeme, los padres somos las últimas personas que queremos que nuestros hijos griten y lloren, y si acudimos a algún sitio con ellos, es porque pensábamos que no iba a ser así. A nosotros nos molesta más que a nadie. Porque sabemos que habrá gente que nos miré como si fuéramos escoria que no pertenecemos en ese lugar y mejor no hubiésemos salido de nuestra casa.

      PD: Si he validado tu comentario es porque pienso que todo el mundo merece exponer su opinión, y para precisamente visibilizar que los padres vivimos con ese peso encima. El de sentirnos ciudadanos de segunda, porque nuestros hijos “sobran” en según qué lugares, antes de que hayan podido si acaso demostrar que son o no educados, mientras que a los adultos se les presupone, cuando muchos no lo son.

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