Glaucoma en el embarazo. De tensiones altas y oftalmólogos asustados.

En este post vengo a contaros un poquito sobre el glaucoma, una afección que vive conmigo (diagnosticada) desde hace algo más de 6 años, y como el glaucoma se vio afectado por mi embarazo.

Glaucoma… ¿Eso qué es?

Creo que ha habido pocas personas a las que les he comentado que tenía glaucoma, que no me hayan preguntado eso mismo. ¿Que es el glaucoma?

Os copio lo que dice Wikipedia al respecto en su artículo sobre el glaucoma.

“El glaucoma es una enfermedad de los ojos que se caracteriza generalmente por el aumento patológico de la presión intraocular, por falta de drenaje del humor acuoso y tiene como condición final común una neuropatía óptica que se caracteriza por la pérdida progresiva de las fibras nerviosas del nervio óptico y cambios en su aspecto.

La mayoría de las personas afectadas no presentan síntomas en las primeras fases de la enfermedad; más adelante aparecen defectos en el campo visual y pérdida progresiva de visión. La aparición de estos síntomas puede significar que la enfermedad está en un punto avanzado de su evolución. Es inusual que exista dolor ocular en el glaucoma crónico, pero es frecuente en el glaucoma agudo (glaucoma de ángulo cerrado), el cual sí puede ocasionar intensos síntomas desde su inicio.1​”

Hay dos tipos de glaucoma, el glaucoma de ángulo cerrado y el glaucoma de ángulo abierto.

En teoría, el glaucoma de ángulo cerrado es peor porque sus efectos son más inmediatos y más graves. Pero a mi parecer, el glaucoma de ángulo abierto, que es el que yo tengo, es más peligroso en la práctica.

El glaucoma de ángulo abierto, a diferencia del otro tipo de glaucoma, es asintomático.

Es una enfermedad silenciosa.

¿Qué significa esto? Esto quiere decir, que cuando la enfermedad comienza a desarrollarse, en la fase en la cual es recomendable atacar la enfermedad para frenar y minimizar los posibles daños, presentes y futuros, la enfermedad no se hace notar.

Como mucho, hace acto de presencia en forma de ojos rojos, pero esto es algo, que puede tener múltiples causas, la mayoría inofensivas.

Por lo tanto, tú tienes una afección en el ojo, pero no notas nada y por tanto no haces nada al respecto, y por ello considero que es la versión más peligrosa de la enfermedad. Porque los síntomas reales de la enfermedad, son la pérdida de visión y la reducción del campo de visión… y cuando esto ha ocurrido, ya hay poco que revertir.

Así que tú puedes tener glaucoma y no saberlo, porque hasta que no empieza a afectar al nervio óptico y al campo de visión, la gente no suele percatarse de que algo ocurre.

En mi caso además, se considera una afección de rara incidencia, ya que es una enfermedad que aparece a partir de los 40 años (en esa edad, la prevalencia es aproximadamente del 2%) y va siendo más habitual a mayor edad.

Entonces, con todos estos datos…

¿Cómo llegué yo a saber que tenía glaucoma?

Como ya os he comentado, es una enfermedad que aparece más bien ya mayores, y aparte, ir al oftalmólogo es algo que creo que  poca gente hace de manera rutinaria en su vida.

Durante el otoño de 2011, tuvimos en el trabajo una revisión médica habitual. De estas en las que te viene un furgón, y te hacen las típicas pruebas a cargo de la mutua de turno.

En estas pruebas, me detectaron que no tenía la vista perfecta, y me recomendaron, que ya que pasaba 8 10 horas delante del ordenador al día, que no estaba de más que fuese a la óptica y que ellos me recomendaran o no el uso de gafas.

Cualquier otra persona, ante tal chorrada, lo mismo no habría ido jamás a la óptica. De hecho, allí me revisaron la “agudeza visual” y tenía la graduación más mínima. Esa que ni siquiera se encuentra en las gafas de farmacia.

Pero, y he aquí la importancia de acudir siempre a profesionales, en dicha revisión, no solo me miraron la agudeza visual, sino que me midieron la tensión  ocular. 3 veces. Lo recuerdo bien, porque la chica no paraba de echarme soplidos de aire en el ojo, que son molestos de narices.

Bastante preocupada, me comentó que tras tres mediciones, la tensión le salía muy alta, y que me recomendaba acudir urgentemente a mi médico de cabecera para que me derivara ya mismo al oftalmólogo.

La tenía entre 21 y 24. Para que tengáis una referencia, a partir de 21 se considera preocupantemente elevada.

Así que me derivaron con bastante urgencia al oftalmólogo.

Unas semanas más tarde, allí estaba yo. Sola ante el peligro (como buena mujer independiente y emocionalmente temeraria que soy), en la consulta de mi oftalmólogo, antiguo interino de mi médico de cabecera.

20 minutos estuve de aquí para allá, pasando por todas y cada una de las máquinas de la sección de oftalmología del hospital. Finalmente, con la frente pegada a una máquina para mirar el fondo ocular, escuché la frase que no quería oír.

“Mierda, el nervio está ya un poco afectado”.

Cabe decir que adoro a mi médico. Es directo y claro, no se anda con rodeos y es estricto. Amable en el trato y todo lo dedicado al paciente que el poco tiempo de consulta en el sistema sanitario público le permite. Todo esto que adoro de él, en una primera visita, yendo sola, puede ser todo un bofetón en la cara. Ese día, hubiese deseado que hubiese sido de otra manera. O haber ido acompañada.

Salí de allí llorando, sin saber lo que esperar, con una cita médica para revisión y campimetría 4 meses más tarde y una receta médica.

Desde aquel día, el timolol o maleato de timolol, el “betabloqueante” (suena a superhéroe y todo), me acompaña en mi vida, mañana y noche, una gota en cada ojo.

En la siguiente revisión, mi miedo y mi angustia volvieron al cajón de la mente del que habían salido y pude volver a respirar. El tratamiento funcionaba, me había bajado la tensión ocular a 22 y 24 y la campimetría había salido bastante bien. A pesar de tener el nervio óptico ya afectado, mi campo de visión se mantenía bien y las gotas de timolol estaban haciendo su trabajo.

Desde entonces, mi rutina consiste en ir a revisión todos los años, y hacerme una campimetría cada dos años. Y allá que me planto yo todos los años, entre abuelitos. La única joven.

Y entonces, el embarazo.

Confieso que ni por un segundo, se me ocurrió pensar en informarme sobre los efectos del embarazo sobre el glaucoma, y tras el beneplácito de mi médico de cabecera y de mi ginecólogo a seguir con la medicación, no le di más vueltas.

Y allí estaba yo, en la campimetría de turno, con mis casi 8 meses de embarazo. Ya por entonces respirar se me hacía algo más difícil, había tenido que salir corriendo a coger un taxi porque llovía como lo hace muy poco aquí, y tenía un cabreo del quince porque absolutamente nadie se dignó a coger sus abrigos de los asientos para cederme un sitio.

Hice mi campimetría, sin enterarme mucho, cogí mis papeles con los resultados y me bajé, como cada 2 años, a esperar mi turno. Y borré por completo de mi mente todo lo que había ocurrido desde que me llamaron para realizar la campimetría.

Si miro lo ocurrido en la sala de espera, con los ojos de hoy, intuyo que algo no acababa de ir bien.

El embarazo me tenía descolocada.

Debía estar agotada y algo desubicada, porque tuve un encontronazo con las enfermeras. A mi consulta se accede por una puerta que da a otras 2 consultas, y las enfermeras de cada una de ellas, van saliendo a recoger y entregar citas e informes. Yo me levanté a darle los míos a una, que claramente no era la mía, y me dijo o yo le entendí, que no hacía falta dar los papeles que ellos llamaban.

Me pareció extraño, porque no era el método habitual, pero con esas mismas, pensando que habrían cambiado el sistema, me volví a mi sitio, a la otra punta de la sala (porque una vez más, para que vamos a cederle el asiento a una embarazada).

Una hora más tarde, resuelto el malentendido entré en la consulta, y la cara de mi médico era de auténtico pánico incluso antes de sentarme.

¿De cuánto estás? ¿Qué te estabas tomando? ¿Y sigues con la misma dosis?

Como alma que se lo lleva el diablo, se excusó, y me dijo que se iba corriendo a ver a mi ginecólogo/tocólogo, para comprobar que podía seguir con la medicación.

Me revisó, me dio el visto bueno a seguir con el tratamiento, y me comentó que tenía la tensión muy alta, en el límite, pero que no me quería aumentar la dosis, por el embarazo. Que me daba cita a los 3 meses de dar a luz, para revisar.

Me fui de allí algo sorprendida, pero tan tranquila.

Me había resultado curiosa la escena. Era muy probable que fuese la primera paciente embarazada de mi médico (recordad, esto es una enfermedad de abueletes) y supongo que no sabía muy bien cómo actuar. Algo no me encajaba del todo, porque mi médico tiene muchísimo temple, pero no le di mayor importancia.

2 meses y medio despues de dar a luz, volví a revisión, donde constataron que volvía a tener la tensión perfectamente estable. Mantener medicación y en un año, campimetría y revisión.

Y esto, nos devuelve al presente.

Mi campimetría post-embarazo.

Ahí estaba yo, hace unos días, de nuevo en la última planta del hospital, esperando mi turno para la campimetría. Esta vez con un bichito revoloteando a mi alrededor.

Una vez me tocó mi turno, me fui con mi auxiliar sanitaria, a la que ya conozco bien, a hacerme la prueba. El primer ojo lo hice perfecto. Pero el segundo, el malo, me costó más.

Una cosa que nos he comentado antes, de mi primera revisión en la óptica allá por 2011, es que para acabar de completar el combo , tengo algo que se denomina lagrimal graso. No es nada grave ni nada por el estilo, pero significa que si cierro un rato el ojo, al abrirlo de nuevo, me cuesta enfocar y se me emborrona la vista.

Un breve descanso, una reprimenda por “limpiarme” el ojo con saliva y unas gotas en los ojos más tarde, estaba lista para repetir la prueba (que por suerte es más llevadera que hace 6 años, cuando duraba casi 20 minutos).

Esta vez salió bien, como debía. Con la confianza que ya nos tenemos, mi auxiliar me dice. Ves, esto si me vale. Pero la de antes no. Este año te has portado muy bien, pero la anterior la hiciste fatal.

¿La anterior? ¿Cuál fue la anterior?

“Aquí, 2016.”

Pero si en ese año estaba embarazada… ¿Porque no recuerdo nada? De repente era consciente de que recordaba haber subido a la última planta, haber renegado de la falta de civismo de la gente a mí alrededor por no ceder el asiento a una embarazada, y recuerdo la cita con mi oftalmólogo. Pero mi mente ha borrado por completo el hueco intermedio, la prueba de la campimetría.

No recordaba haberme hecho esa prueba.

Por cierto, pequeño inciso, salvo la segunda revisión (tras el mal trago de la primera) y esta última revisión (porque no tenía con quien dejar a la pequeña y la campimetría es algo que necesito hacer concentrada y sin distracciones) siempre voy sola a las revisiones. Embarazada, no fue una excepción.

Casi me caigo de la banqueta cuando me enseñó la comparativa de las campimetrías, que os enseño aquí (y en blanco y negro asusta menos que en la pantalla, en color, donde se ve en amarillo y anaranjado lo mal que estaba mi ojo.

Me dio la campimetría actual y la comparativa, y salí de allí.

“¿Entiendes ahora la cara de pánico de tu doctor?” Me decía mi chico.

Ahora todo encajaba.

La cara de pánico de mi oftalmólogo tenía sentido.

Por fin la historia encajaba, y entendía el agobio de mi doctor.

Y lo compartía…

Por suerte, en la revisión, constataron una vez más que sigo con la tensión estable, que la medicación funciona bien y que la campimetría ha vuelto a ser la correcta.

No obstante, me ha quedado una sensación en el cuerpo, que seguro que muchas comparten conmigo, de que el embarazo no es un proceso inocuo en nuestro cuerpo.

Por buen embarazo que tengamos, un embarazo trastoca todo nuestro cuerpo y lo lleva al límite, para albergar y crear nueva vida. En mi caso, quienes más lo sufrieron, después de mi estómago y mi espalda, fueron mis ojos.

Un embarazo lo pone todo patas arriba.

En mi caso, puedo decir casi seguro que no voy a tener un segundo embarazo, pero si lo tuviera, haría las cosas de manera muy diferente. Y no es que no tuviera un control del embarazo en condiciones, pero ni yo, ni sospecho que mi médico de cabecera, éramos conscientes de lo mucho que un embarazo podía afectar a mi glaucoma.

Si eres uno de esos casos raros como yo, con glaucoma en una edad temprana, y piensas en quedarte embarazada, te recomiendo lo siguiente:

  • Planifica tu embarazo, no solo con tu médico de cabecera, sino con tu oftalmólogo.
  • Solicita que te hagan revisiones periódicas y controlen tu tensión ocular de manera continuada durante el embarazo.
  • No olvides acudir a una revisión después de dar a luz, para comprobar que todo ha vuelto a su estado inicial y que el embarazo no ha provocado secuelas en tu vista.

 


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2 comentarios

  1. Pues no tenía ni idea de lo que es, siempre se aprenden cosas. Buen post!
    Un abrazo guapa!

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