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Crianza Maternidad Reflexiones

La operación pañal.

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O de no saber tener paciencia.

Después de tanto tiempo vuelvo al blog con temazo, la operación pañal, que es un tema que preocupa y agobia a partes iguales a los padres de los peques que en septiembre empiezan nuevo ciclo escolar. Si es que este año ocurre tal cosa.

Como os comenté en el directo de IG sobre lactancia materna en niños mayores, es un tema que me parece complicado tratar en internet, desde una perspectiva personal.

Quien más quien menos tiene en el álbum familiar de sus padres una foto de sí mismo en el wc, de niños. Yo al menos sé que existen en la mía. Y lo más probable es que nos muramos de vergüenza cada vez que aparece esa foto, ya no os digo cuando es la tía abuela segundo del pueblo la que está viendo el álbum.

Pues imaginaros, que vuestra madre, en vez de enseñar el álbum a familiares y hablar de vuestra operación pañal con las vecinas, lo comentara en directo en el telediario del mediodía, para que el mundo entero lo pudiese oír. Eso es lo que conseguimos en internet, y es la razón por la que de este y otros temas delicados, me guardo bastante de compartirlos de una manera tan personal en redes.

Pero si creo que hay un aprendizaje en nuestra manera de tratar la situación (como mal ejemplo) y de igual manera que escuchar experiencias de otras familias en el grupo de apoyo me ha ayudado a mí, espero que esto sirva de reflexión y apoyo para vosotros.

Operación pañal, demasiadas expectativas y expectaciones.

Teniendo una niña de enero nos imaginamos que la operación pañal sería algo súper sencillo, que “lo haría sola”, a su ritmo y que iría todo rodado… y si no hubiésemos intervenido más de la cuenta, seguramente así habría sido.

Los últimos días del segundo curso del primer ciclo de infantil (1-2 años), ya la estaban llevando a hacer pipí en el cole y para julio ya nos estaban pidiendo braguitas pañal. #panic

Tenía su orinal, le hablábamos del proceso, se levantaba todas las mañanas con el pañal seco… vamos, que todo parecía ir rodado…

La habían etiquetado como capacitada para la operación pañal y parecía que ella estaba “cumpliendo”.

La cagaste, Burt Lancaster.

Y llegamos los adultos con nuestro agobio. Tras muchos escapes, viendo que en ese momento ella no era capaz de comunicarse al respecto, no podía controlar el flujo y que nosotros no éramos capaces de mantener la actitud adecuada, decidimos dar un paso atrás.

Interrumpiendo el curso de las cosas.

Así fue como nosotros, los padres y otros cuidadores, la empezamos a liar. En el corto verano (1 mes), entre vacaciones y nervios varios, decidimos anular el proceso, y no teníamos intención de incentivarlo hasta ver señales más claras por parte de ella… pero en el cole tenían otros planes.

Junto con otros niños de principios de año, pasaron a tener un “horario” de rutina, y los llevaban en fila a todos en momentos determinados. Todos los días comentarios en la agenda, y demasiadas veces de forma verbal en su presencia, acerca de la situación de la “operación pañal”.

Y así, sin pretenderlo en ningún momento, empezamos a agobiarnos con el tema. Empezó la resistencia y la reticencia, y empezó a rechazar el orinal, el aro, las braguitas, o la idea de hacerlo en otro lugar que no fuese el pañal. Incluso empezó a retener, a esconderse y a no querer bajo ningún concepto que la cambiáramos.

Le pedí amablemente a la escuela infantil que dejaran el tema, que ya más adelante veríamos su evolución, y decidimos no hablar más del tema y dejar que “las aguas se calmaran”.

Una serie de catastróficas desdichas.

Podría seguir durante horas enumerando todo lo que los adultos hicimos mal, como celebrar demasiado los pequeños logros en el tema pañal, o enfadarnos con ella de manera muy injusta, puesto que éramos nosotros (poniendo unas expectativas irreales) los que lo estábamos haciendo mal.

Pero claro, la presión por parte del cole y la sociedad en general era una sombra cada vez más grande. Volvimos a ceder ante la rutina establecida de la escuela infantil, que, a petición de una madre, decidieron retomar la operación pañal con los mayores de la clase, para ver si se producía el efecto contagio. Fracaso total.

Drama de nuevo, peleas de nuevo, frustración por parte de todos… y cada vez una regresión mayor.

La operación pañal exitosa: observar y respetar.

Después de ir hasta los avernos de la crianza, y junto con el estrés propio de este año (hola, pandemia), para convertirnos en la peor versión de nosotros mismos como padres, decidí parar y revisar nuestra manera de actuar.

La empezamos a escuchar a ella, pero ella no era capaz de avisar cuando iba a tener pipí. Todo era más interesante que ir al wáter, y seguramente a estas alturas ya habíamos hecho entre todos, un gran daño y ella no era capaz de integrar las señales.

Tuvimos que aprender a leer nosotros sus señales externas y a volver a integrar las señales con su significado, que entre todos habíamos malogrado.

Y poco a poco, la cosa fue cambiando de rumbo, no sin tener que pasar por momentos que no había querido pasar.

La operación pañal que no quería haber tenido.

Después de hablar mucho con ella, y conseguir traspasar la negativa rotunda, empezamos a estar nosotros pendientes de avisar para intentar ir a hacer pipí.

Cuando veíamos señales, la animábamos (incluso obligábamos, sí, me avergüenzo) a intentar a hacer pipí. Siempre haciendo hincapié en que sólo lo intentara, que si no salía nada no había ningún problema.

Al principio seguía pidiendo usar el pañal, y cuando no lo hacía, aún había escapes mil. Eso tampoco lo gestionamos siempre bien, y encima del estrés que ya teníamos, era un asunto que nos superaba.

He sentido mucha culpa, y sé que he hecho muchas cosas de una manera incorrecta, pero como ya sabemos después de leer sobre disciplina positiva y crianza respetuosa, equivocarnos como padres nos convierte en humanos, y enmendar el daño realizado en el ejemplo que queremos ser para nuestros hijos.

Y de repente, la magia.

Tras varias semanas de escapes mil, de reaccionar bien y mal ante ellos, de animarla u obligarla a hacer pis, de intentos fallidos y exitosos, ha ido cogiendo confianza y estamos en un punto que nos maravilla.

Ahora el orinal preside el centro del salón, y ella sola sale corriendo a hacer pis, incluso caca, cuando lo nota. Hemos dejado de imponerle un horario (cada 3 horas… en serio, quien soy y que ha sido de mi… ¿dónde quedó el “a demanda”?), y tan sólo le recordamos que puede hacer pipí si vemos que han pasado muchas horas de la última visita.

No podemos decir que las cosas habrían sido fáciles si no hubiésemos hecho absolutamente nada, ni desde casa, ni desde el colegio, para animar, fomentar, o más bien forzar, un proceso que acaba ocurriendo de manera natural, cuando tiene que pasar (porque ella está preparada para ello). Nunca lo podremos saber.

Al final parece que vamos a llegar a septiembre sabiendo ir al wáter, que tampoco habría sido un problema inmenso, puesto que en el cole al que vamos a ir son muy comprensivos con el tema, que incluso dadas las circunstancias actuales nos han tranquilizado y nos han afirmado que a los niños los van a cambiar de tener algún escape.

Pero es un alivio, que este problema que hemos provocado nosotros, haya dejado de serlo.

Y es una gran lección, una vez más, de que en la crianza debemos tener paciencia, observar y respetar los ritmos de nuestros hijos, pues lo contrario no sólo no es beneficioso, sino que puede ser terrible.

Es un recuerdo de que no podemos forzar la evolución y el proceso de nuestros hijos, de que no vale de nada e incluso es altamente perjudicial intentar apresurarlos y acortarlos.

Que nuestra labor como padres es acompañar, guiar y ofrecer herramientas, no aleccionar y marcar los ritmos.

Que en la maternidad, a veces simplemente hay que tener paciencia, respirar y dejar pasar el tiempo.

Y que todo pasa y todo llega. Cuando ellos estén preparados y siempre que no hayamos puesto piedras en su camino, incluso con la mejor de las intenciones.

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