Hace un par de semanas fue la boda de una itgirl y su muchacho. Dj creo.
No los conozco, no la seguí. Pero me pirran las bodas, así que rauda y veloz fui a ver fotos…

Y lo que vi, que otras y otros había maravillado, no sólo no me sorprendió sino que no me gustó nada.

Era lo que se denomina una boda de ensueño. No conozco las cifras, pero las imagino inmensas. Las toneladas, reales, de flores no son baratas. Tenían una feria y mesas ultradecoradas. Dosis exageradas de decoración y parafernalia. Era una boda por todo lo alto, de no sólo no reparar en gastos, sino de hacer una ostentación de lo mismo

No me sentí nada atraída por todo aquello. Es más. Me causaba angustia ver las fotos.

Tanto ruido visual.

No podía sacarme de la cabeza la idea de que no me atraía como a los demás.

Era todo muy exagerado. Demasiadas flores, demasiada decoración, demasiados estilos juntos, demasiada opulencia.

No pasa nada, no era mi boda, no tenía que ser a mi gusto. Pero esa “visión” me generó una serie de pensamientos.

El sentimiento que había vivido, viendo esa extravagancia, fue como la confirmación al pensamiento que tenía esa mañana.

Acabe el día con una reflexión que ya había tenido antes esa mañana. Por otra cosa muy diferente. Pero que me había acabado resultando en la misma conclusión. No lo quiero, no es para mí.

“No necesito todo esto”

Esa mañana era la vuelta ciclista a España. Salía de nuestra ciudad. Y como en cualquier gran evento que se precie, los organizadores regalaban de todo por aquí y por allí. Colas y colas para recibir un obsequio. Porque oigan, donde dan algo gratis, cola.

Decidimos que no nos llevaríamos nada. No. Nada. Si. Era gratis.

Hace ya mucho tiempo que intento ser cada vez más estricta con lo que entra en casa. Si no es realmente útil, si no es algo que deseamos mucho o es algo con muchísimo valor sentimental, no entra.

No.

No entra.

Para tirarlo 2 días, 2 semanas, o 2 meses más tarde cuando ya me harte de pilas de trastos, prefiero que ni pase por la puerta.

Eso incluye, por tanto, todas esas cosas que esa mañana regalaban.

Gorras de mala calidad, gorras con logos que me niego a llevar sobre la cabeza, kilos de comida que no voy ni a tocar porque tienen más grasas y azúcar de lo que me parece aceptable, bidones de mala calidad que no voy a usar porque ya apenas salimos con la bici o mochilas de tiras de las que ya me sobran 3 o 4 en casa.

Así que no nos paramos a perder el tiempo, muy valioso, en hacer cola para algo que realmente no queríamos.

Y la vida nos premió, con la oportunidad de poder acercarnos a ver los autobuses de los ciclistas y que SantoPadre se pudiera hacer una foto con Peter Sagan.

Cuando más tarde vimos a mi suegro, que si hizo cola para llevarse esa comida que no queríamos ver ni en pintura, y se perdió la salida por ello, no dejaba de rumiar sobre el mismo tema.

Me di cuenta, que poco a poco, desde hace muchos años, hemos ido tomando un camino hacia una vida, espero, más feliz y tranquila. Y ello pasar por seguir un concepto muy sencillo:

MENOS ES MÁS

En todos los sentidos de la vida.

Esta gran frase, que el celebradísimo Mies van der Rohe elevó y magnificó, está siendo mi mantra en los últimos años.

Creo que en diferentes intensidades y niveles, de una u otra manera, lo estoy incorporando cada vez más y más a nuestra vida, y me encuentro con sentimientos que no reconozco en otras personas.

Veo a gente deseando poder comprar más ropa o más decoración, y yo estoy deseando deshacerme de la mitad de mis cosas, que tampoco es que sean tantísimas.

Necesito tener un orden, y una limpieza visual en mi vida, en parte imagino que por lo que os voy a explicar a continuación, y por otra parte por ese nerviosismo que me crean los lugares desordenados y abarrotados.

El caso es que tenemos una idea como queremos vivir, y ello pasa por usar este lema, menos es más, en casi todos los aspectos de nuestra vida. Ello no significa que quiera vivir cual monje tibetano, libre de posesiones, sin más objetos personales que una maleta con 4 prendas de ropa.

No quiero vivir con menos. Quiero tener menos, para tener más.

Menos gastos inútiles para gastar mejor más.

Cuantos menos gastas en pequeñas tonterías que realmente no te aportan mucho, más dinero tienes para gastar en otras cosas que te gustan.
Todo eso que me ahorro en pequeñas tonterías o monerías, como tener una cartera nueva cada temporada, tener decenas de pendientes cuando no me pongo ni uno, tener mil bolis cuquis o cacharritos o cachibaches que al final no me aportan nada…. es lo que puedo invertir en cosas que nos hacen felices. Como viajar más, ir a más eventos, hacer mejoras en el hogar, comprar Funkos,…
Porque si, gastar menos, no significa dejar de comprar. Ni siquiera significa dejar de comprar cosas que a primera vista no son útiles. Significa comprar mejor. Significa invertir en lo que de verdad te gusta. Y a SantoPadre le gustan los Funkos.

Menos comida basura es más comida sana.

Todo lo que nos ahorramos en patatas fritas, embutido o snacks poco saludables, es lo que invertimos en manzanas Pink Lady, que son más caras pero lo merecen y mucho, o fruta exótica que nos gusta, o en cereales integrales que son de mayor calidad nutricional.
La realidad es que no hemos empezado a gastar menos en la cesta de la compra… es probable que gastemos un poquito más, pero ahora me puedo permitir comprar cosas de mayor calidad, y comemos muchísimo mejor.

Menos ropa “fastfashion” es más ropa de calidad.

Nunca jamás he tenido mucha ropa, creo que nunca he tenido un armario que explotara, salvo cuando mi armario era un cubículo de 120 x 60 x 50 cms.
A pesar de ello, hoy en día, sigo teniendo mucha ropa en mi armario que no merece la pena, y que guardo por si acaso. Ahora que por fin podemos gastar un poco más de dinero, me he propuesto invertir mi dinero mejor, en ropa y zapatos de mejor calidad, que me duren más, que me pueda poner más, y que de verdad me hagan feliz.
Menos Zara/Mango/Pimkie y amigos, y más tiendas de calidad (que estoy por encontrar, y que si tenéis ideas, os animo a compartir).

Menos tiempo perdido en “obligaciones” es más tiempo para disfrutar.

O eso espero… porque de momento, tiempo libre poco, pero tengo tiempo para mi familia, mi negocio, mi casa y algo de descanso, que es lo importante. Y ello lo he conseguido cortando al mínimo las obligaciones que no nos hacían felices, las interacciones con gente que no me aportaba nada en mi vida, las conversaciones de ascensor con gente del pasado a la que no le importas o los compromisos absurdos que no merecen la pena.

Y está claro que no te puedes convertir en un ermitaño, pero si no quieres ir al cumple de tu prima segunda, si no te apetece nada ir a la charla que da tu amigo sobre la evolución de la escritura grecoromana en Bollullos de la Frontera o si no te interesa nada la cena de antiguos alumnos de tu academia de ingles… no vayas.

Menos tiempo perdido en las tareas del hogar es más tiempo de ocio.

No, no quiero que dejéis de limpiar. Pero lo podéis optimizar al máximo. Si tenéis la decoración justa y necesaria, si optais por soluciones de almacenaje cerrado, si invertís en un buen aspirador, si tenéis pocos cacharros por medio (recordad, gastar menos) y si organizáis bien vuestra rutina de limpieza, acabaréis con un cantidad de tiempo libre nada desdeñable para usar en lo que queráis.

Y si, lo digo sin vergüenza alguna. En mi casa no se plancha, salvo en las ocasiones especiales. La de horas que he ganado en mi vida, a cambio de algo tan efímero como ir sin arrugas, no está pagado. A cambio, invierto un 5% más de tiempo en tender la ropa muy, muy, muy bien.

Menos tiempo fuera de casa trabajando es más tiempo de familia.

Este punto lo he puesto el último porque soy muy consciente que no es tan fácil como pensarlo. Esta decisión es una carrera de fondo, que empieza en un punto y se desarrolla a lo largo de muchísimos años hasta lograr la “meta”. Y lo entrecomillo, porque aún así, es algo efímero y cuyo mantenimiento cuesta esfuerzo y sacrificio.

Hace mucho tiempo nos propusimos cuanto queríamos trabajar, no tanto en cantidad de horas como en su organización. Porque una jornada de 8 horas puede suponer la mitad de tu día, o no dejarte ni un minuto libre, según se disponga esa jornada. Todos nuestros esfuerzos en los últimos 4 15 años han ido dirigidos a tener unos horarios conciliadores (o casi).

Soy consciente de que no es algo sencillo de tener, que depende de mil y una variables y que muchas de ellas se escapan de nuestras manos. Pero uno de los “detalles” que mucha gente no tiene en cuenta, es que para poder trabajar menos, no solo tienes que tener un trabajo que pague mejor las horas… también pasa por reducir los gastos en tu vida, como os comentaba antes.
Nosotros era algo que teníamos muy claro, y nos permitimos tener una vida que requiere un nivel X de ingresos, bastante menor del que podemos conseguir con el trabajo que tenemos, que es lo más parecido en horarios al que deseábamos. Y todo ello, para poder permitirnos el lujo (porque si, es un lujo) del tiempo y el poder sobre el mismo hasta cierto punto.

Este último punto, espero que nadie se lo tome a modo de ataque personal, porque no lo es ni lo pretende.
De pequeña no entendía porque mis padres habían elegido trabajar menos, y que tuvieramos menos dinero, para poder tener disponibilidad para nosotros. Cuando eres niño, especialmente en un entorno consumista como el que tenemos prácticamente todos alrededor, las comparaciones son odiosas, y ser el niño con menor poder adquisitivo no molaba nada.
Puedo decir, con gran vergüenza, que he llegado a pensar que odiaba a mis padres por no esforzarse y trabajar más por nosotros.

Que ciega estaba, al menos en comparación a como veo la vida ahora. Mis padres, y esto es de las cosas que más agradecida estaré jamás, nos regalaron el bien más preciado: el tiempo.  Éramos los niños más afortunados de la escuela, y no lo sabíamos, porque en el patio del colegio se te valoraba por la marca de tus deportivas.

Hace muchos años que mi pareja y yo decidimos que el mayor regalo que le podíamos dar a un hijo, era estar por y para él. No a modo padre helicóptero, sino como bien dice una Mamiga mía, para estar disponibles para él. Para que sepan que ellos son lo primero y principal. Porque lo son.

Y por ello, este “menos es más” es el más importante para nosotros, y el que gobierna y dirige a los demás, cual anillo del poder. Todas las decisiones que tomamos, se basan en esta premisa, y en si la decisión que vamos a tomar, nos acerca o nos aleja de ese modelo de vida que hemos escogido.

Menos es más.

Creo que todo lo que os he contado arriba son la razón o la premisa por la cual cada día me atrae más la idea de vivir de manera más sencilla, casi como un minimalismo moderado (ojo, sin pasarse) o racionalismo, es aquello que inconscientemente me atrae hacía formas sencillas, hacia arquitecturas limpias, con soluciones de almacenaje complejas pero visualmente sencillas… como que están pero no están.

Creo que por esto, arquitecturas como las de Bjarke Ingels y aún más su filosofía como arquitecto, me flipan tanto.


¿Y tú?

¿Eres de más o de menos? ¿Que priorizas por encima de todo? ¿Que es aquello de lo que querrías más y que es aquello que piensas que deberías tener menos?

No dudes en compartir tus trucos o tu punto de vista. ¡Me encanta conocer otras maneras de ver la vida!