Miedo al agua.

Este post se llama miedo al agua, que lo mismo podría llamarse las fallidas clases de natación, la higiene comprometida o desesperación de padres… Pero al final, miedo al agua es la frase que mejor define la angustia que hemos vivido estos últimos 3 meses.

¿Cuando y como comenzó el miedo al agua?

Pues ni el como ni el cuando los tengo seguros…

El cuando lo sitúo allá por finales de Junio o principios de Julio. Fue algo que ocurrió sin darnos mucha cuenta. De repente un día lloraba a la hora del baño, luego te dabas cuenta de que habían pasado 3 días y no quería saber nada del baño.

Y de repente se convirtió en nuestra rutina.

Llegaba la hora del baño y daba igual si le preguntabas o no. Daba igual si la preparabas o no. Daba igual si le enseñabas el agua o no. Si te metías con ella, si lo hacías rápido. Con agua más o menos templada…

Como mucho tocaba el agua que salía del mango de la ducha, pero meterse en la bañera o en la ducha era como echarla a la lava incandescente.

Se revolvía y se ponía tiesa como la niña del exorcista, gritando como si le arrancaras las entrañas, y llorando como si la abandonaras para siempre.

El como empezó todo esto, lo sospechamos pero no lo tenemos claro.
No mucho antes de empezar esta “cuesta abajo sin frenos”, estuvimos montando la piscina de casa. Estaba super emocionada y SantoPadre la metió con él mientras acabábamos de prepararla y se iba llenando.

El año pasado le había encantado el agua y pensamos que le encantaría jugar en ella desde el principio.

Y entonces pasó.

Hago hincapié en que hay que estar siempre con el ojo encima de los niños cuando estamos cerca del agua, ya sea la piscina, el mar o la bañera. Por qué pasan cosas y pasan en cuestión de segundos. No olvidéis tener en cuenta las recomendaciones de la campaña #niñoalagua y no dejéis jamás a los niños solos cerca del agua.

Se emocionó más de la cuenta y se escurrió. Y realmente no pasó nada más allá de que se pegó un buen culetazo y se asustó. A pesar de que intentamos hacer los aspavientos justos para no montar más drama. Pero eso creo que la marcó.

Pocos días más tarde, le volvió a pasar dentro de la bañera.

En verano estaba en una época super activa, ya había conseguido dominar el andar y el correr a la perfección, estaba desatada buscando “sus limites”. Por lo que estaba super suelta con el movimiento. Y aún no calculaba bien su equilibrio o el peligro.

Ese par de sucesos sospechamos que fueron el detonante, y poco a poco fué implantándose en casa el reino del terror y el miedo al agua.

Y entonces se me ocurrió la “idea feliz” que lo empeoró todo.

Las clases de natación, o como aumentar el miedo al agua.

No se en que momento se me ocurrió que sería una buena idea, y claramente tenía que haberlo dejado estar cuando empezamos a ver que el baño había dejado de gustarle y había empezado a darle miedo el agua.

En mi cabeza imaginaba que sería un problema pasajero, que en unos días se le pasaría, y quería a toda costa que tuviera unas nociones básicas y supiera manejarse en el agua, porque como os he contado tenemos piscina en casa.
Y no pensaba dejarla sola jamás o tener la piscina accesible cuando no estuvieramos mirando. Pero quería que se sintiera cómoda y a gusto en el agua… y nada más lejos.

El primer día de clase llegamos pronto, y decidimos acercarnos a la piscina de chapoteo, que mide tan solo 40 cms de profundidad… y a pesar de que estaban allí muchos de sus amiguitos, no le hizo mucha gracia. Algo se mojó los pies, pero nada.

Y entonces subimos a la piscina, y descubrí que todo estaba mal. A la hora que daban la clase hacía ya demasiado frío en el agua para los pequeños (de entre 0 y 2 años), le asustaba horrores no sentir el suelo bajo sus pies, y obligarla a hacer ahogadillas fue la guinda del pastel.

No nos escuché, no supe leer su miedo al agua. No hice caso a nuestro instinto.

Mi cuerpo me gritaba que no hiciera caso, que saliéramos de allí, pero aún así no lo hacía. No se porque hice caso a los demás e insistí. “Ya se le pasará, verás como se acostumbra”.

Pero no se acostumbró.

No os contaré en detalle el resto de las dos semanas que siguieron a aquel día, porque da para 3 posts.
Hubo de todo,  desde el día que no fuimos por una siesta demasiado larga, hasta los días que decidimos no ir a la piscina grande y quedarnos en la de chapoteo, a la que se fue acostumbrando poco a poco, y así poco a poco conseguimos pasarla a la piscina pequeña agarrada a mi, y aguantar media clase en el agua.
Pero nunca lo disfrutó, nunca le gustó, siempre hubo lloros.

Hoy en día, esta es una de las principales decisiones que más me pesan haber tomado desde que nació.

No solo no conseguimos que se sintiera cómoda en el agua, sino que perpetuamos el terror que le tenía al momento de entrar en la bañera o la ducha.

El miedo al momento del baño.

No sabíamos a que le tenía miedo exactamente.

¿Sería el agua? ¿O sería la temperatura? ¿A lo mejor el recipiente? No lo sabíamos.

Suponíamos que tenía que ver con las caídas que había tenido, pero ni siquiera dejaba que la sentáramos dentro del agua o que se metiera conmigo en la ducha.

Os podéis imaginar la angustia que vivíamos “a diario”. Y entrecomillo el diario, porque os podéis imaginar que con este panorama, no nos planteabamos ni en broma bañarla a diario.

La rutina habitual era limpiarle muy bien las zonas íntimas, algo que con el sistema de limpieza que tenemos ya es sencillo (os conté en este post porque no usamos casi toallitas). Y cada 2-3 días, volvíamos intentar bañarla, sin éxito, y la rutina de baño acababa consistiendo en pasarle la esponja del baño FUERA de la bañera, mientras jugaba a tirar los juguetes dentro.

Cuando una rutina diaria se convierte en un suplicio.

Bañarla se había convertido en el final desastroso del día. Su miedo al agua era mi miedo a la hora del baño.

Yo me ponía nerviosa con solo de pensarlo y ya todo era una pelea. Todo lo que antes era un juego y nos divertía “de camino” a la cama, ahora era un suplicio.

Desvestirla era una guerra, no había quien le pusiera crema, lavarse los dientes era (y sigue siendo) cosa de 2 segundos y ponerle el pijama… pues eso.
La receta perfecta para acabar el día todos de mal humor.

Viendo esto, también probamos a ofrecerle el baño en diferentes horarios, en los que estuvieramos menos cansados y agotados todos pero nada funcionaba.

Pasaban las semanas y no veía la luz al final del túnel.

De repente entendí a todas las madres que sufren con niños que no duermen, o que no comen… entendía como llegaban a sucumbir a todas aquellas cosas que sabían que no estaban bien, con tal de que sus hijos comieran o durmieran.

Yo ya no sabía que hacer para que mi hija tuviera una rutina mínima de higiene corporal. El lavado del gato está genial cuando un día se hace tarde y ya no es buena idea pasar por el baño… pero no es algo que se deba hacer muchos días. Ya no os digo durante meses.

Nos dejamos vencer por el miedo al agua.

Leía artículos sobre como vencer el miedo al agua, preguntaba a todas mis Mamigas que podíamos hacer… pero nada funcionaba. Ni cambiar la hora del baño, ni meterme yo, ni ofrecerle el pecho, ni salir yo de la ecuación, ni ducharla, ni cambiar de lugar…

Me rendí.

Pero no podía dejar de darle vueltas. Es algo necesario para el día a día, es importante mantener la higiene y tener una buena rutina de cuidado.

Habíamos pasado por todas las fases y en mi desesperación, habíamos guardado la bañera de bebé, donde casi no cabía, y no habíamos vuelto a verla.
Pero seguía rondando mi cabeza.

Por probar cosas… habíamos probado casi de todo. ¿Porque no probarlo? ¿Y si era esa la fórmula mágica?

Así que un día dije… vamos a intentarlo.

Con mucha ilusión, haciendo una fiesta de ello, como lo intentabamos a menudo, llenamos la bañera y la invitamos a entrar.

Y para nuestra sorpresa, no pasó nada de lo que había pasado hasta entonces día sí día también durante meses. No gritó, no lloró, no suplicó que la sacáramos de allí.
Tampoco montó una fiesta, no os voy a engañar. Pero estuvo jugando en el agua, se atrevió a sentarse y hasta se enjabonó ella sola.

No me lo podía creer. Había funcionado!!!!

Pero… al día siguiente volvimos a las andadas. Gritos y angustia. No quería entrar en el agua bajo ningún concepto. Había sido un espejismo.

Pero esta vez, no me rendí. Había funcionado una vez, así que había que seguir persistiendo.

Pasaron 2 días más sin baño en condiciones, porque volvimos muy tarde a casa y ni siquiera cenó.

Con la misma tranquilidad que hacía unos días y con todo el amor y la ilusión volvimos a preparar el baño. Me metí yo en la bañera, como buenamente pude, y su padre la metió en el agua, con mucha cautela.

¡Y funcionó!

Más adelante os escribiré otro post, que este ya es muy largo, sobre otro punto que creo que ha influído mucho en este tema, y es que nos da la sensación que ha empezado a reaccionarle la piel con los champús y jabones de Jhonsons & Jhonsons.

El primer día que conseguimos que volviera a la bañera, amaneció al día siguiente con unas ronchas inmensas en su piel que es semiatópica. Y lo tuvimos claro. Dejamos de usarlo, y nos pasamos a una pastilla de jabón natural de marsella hasta que le compramos los jabones que ahora tiene.

Adios miedo al agua.

O eso esperamos. A día de hoy llevamos 2 semanas bañándonos sin problemas.

Y se ha vuelto a escurrir algún día, porque no sabe estarse quieta, pero no ha vuelto a rechazar el momento del baño.

Intentamos día a día que el baño sea un momento de diversión y de relax para todos. Que se lo pase bien mientras mantenemos una rutina de higiene saludable. Nos maravilla verla coger la esponja y lavarse ella sola.

Espero en el futuro contaros que esto se ha mantenido y que solo ha sido una mala racha que hemos pasado.

Esto desde luego ha sido una prueba para todos en casa, y yo lo he pasado muy mal.
Me sentía un fracaso, que no valía, que si no conseguía esto que iba a ser del resto de problemas que nos encontráramos en adelante. Si no puedo conseguir que mi hija se bañe y lo disfrute… ¿que va a pasar cuando empiece con las rabietas?

Mientras el resto de personas me decían que era una supermamá por llevar adelante trabajo, blog, eventos, hija y casa (a medias con SantoPadre)… yo pensaba, pero si no valgo, ellos no saben que no sirvo.

Escuchaba podcasts sobre cepillarse los dientes, y yo lloraba amargamente, porque era la guinda del pastel de la rutina nocturna. Era un fracaso, era una madre pésima…

Pero solo fue una racha. Una mala racha, que duró más tiempo del que podía gestionar con tranquilidad… pero que pasó.

Si estáis pasando por una mala racha, si hay algo que no conseguís llevar bien, no os desespereis.
Buscad información, probad alternativas, sed comprensivos con vuestros hijos y si es necesario delegad esa tarea en otra persona. Y sobretodo, tened paciencia con vosotros mismos y pensad que todo pasa. Lo bueno y lo malo. Son rachas, y al final pasarán.


Y vosotros, ¿habéis pasado por una fase de miedo al agua? ¿O por alguna otra circunstancia que o ha hecho pensar que estabais fallando como padres?

 

Fotografía de Freepik by bearfotos

2 comentarios

  1. Buf! Las rachas son rachas, pero mientras estamos en una no vemos más allá de eso. Los días y las noches (la cabeza no para ni durmiendo) se centran en eso hasta convertirse casi en una obsesión. Y sin el casi. Recurrimos a todo por desesperacion y la culpa es nuestra peor enemiga. Pero una vez que la racha pasa y lo miramos con perspectiva vemos que fue eso una racha y que era cuestión de tiempo, mucha mucha paciencia y no forzar las cosas. Pero claro eso lo vemos una vez que ha pasado. Así que mucho ánimo, sois unos papis geniales. Me alegro que vuestra racha vaya por buen camino y ojalá esas dos semanas perduren en el tiempo. Un beso enorme

    • Ay Reiniciacc, lo que yo me he acordado de ti durante esta racha.
      Que mal te sientes como madre, que duro se te hace y que lejos se ve el final (feliz) de todo. Pero si, al final, una vez todo pasado solo ha sido una mala racha que ya ha pasado.
      Muchísimas gracias por leerme!!

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