Madre atendiendo a su hija, en vez de decir no pasa nada
Crianza

No pasa nada.

Por

¿Cuántas veces no lo hemos oído de pequeños?


No pasa nada.
No es para tanto.
No tengas miedo.
No llores.

No sientas. Tus sentimientos no son válidos.

Cuando decimos que no pasa nada, pasan muchas cosas.

Cuando les decimos a nuestros hijos que no pasa nada, lo primero que pasa es que no validamos sus emociones.

Les decimos que aquello que sienten no es válido, que lo que sienten es un error, que no saben lo que sienten, que lo que sienten no tiene valor o tiene uno diferente.

Cuando les decimos a nuestros hijos que no pasa nada, les estamos diciendo que solo los queremos cuando están como nosotros queremos que estén. Que los queremos de manera condicional, únicamente cuando son aquello que por naturaleza aún no son capaces de ser.

Cuando queremos atajar el problema, creamos uno mayor.

Les enseñamos a medir sus sentimientos en base al termómetro emocional de otra persona, los convertimos en dependientes emocionales. Les volvemos incapaces de detectar su estado emocional por si mismos, y les confundimos. Les estamos enseñando a no escuchar a su cuerpo, y a que dependan del juicio de otra persona para entender sus sentimientos. No les permitimos conocerse a sí mismos.

Cuando les decimos que no pasa nada estamos infravalorando sus problemas y les estamos impidiendo gestionar esa frustración que tienen. Les estamos diciendo que sus problemas no son importantes (para nosotros) y que no merecen ser tenidos en cuenta.

El bienintencionado No pasa nada.

Es normal que el “no pasa nada” nos nazca de manera no intencionada, automática, puesto que es lo que la mayoría hemos aprendido. La mayoría de nosotros, mucho más nuestros mayores, hemos sido educados así. Con el no pasa nada y no es para tanto.

El malestar nos incomoda, y tendemos de manera aprendida a intentar atajar una situación que nos desagrada (como puede ser una rabieta o una decepción de un hijo) y “solucionarlo” lo antes posible.

Y el mayor peligro reside en la buena intencionalidad de esta práctica. Porque quien lo hace, lo hace con la mejor de las intenciones. No nos gusta ver sufrir y queremos solucionarlo lo antes posible. Por desgracia, hoy en día sabemos que esto no sólo no es positivo, sino que puede llegar a ser muy dañino.

¿Porqué no es adecuado decir No pasa nada?

Paremos un segundo a pensar en qué queremos para nuestros hijos (y vecinos) cuando (sea en muchos años o en pocos minutos) sean mayores.

¿Queremos que no tengan problemas o que tengan herramientas para solucionarlos y sobrellevarlos?

Si has contestado lo primero, siento decirte que es imposible. La vida está llena de problemas. Bueno, más bien retos, obstáculos, dificultades. Unas mayores y otras menores. Pero, en definitiva, los problemas o retos son una certeza y son inevitables en la vida.

Por ello, lo que necesitamos es que nuestros hijos dispongan de todas las herramientas posibles para gestionarlos de la mejor de las maneras.

Cuando les decimos que no pasa nada, que no es importante, que no lloren, que no se enfaden, que no tengan miedo, estamos remando en la dirección contraria.

Estamos perdiendo la oportunidad de dar a nuestros hijos las herramientas que necesitan para ser capaces de identificar las dificultades y buscar una solución a las mismas, con resiliencia.

Les estamos negando la oportunidad de aprender de lo ocurrido, de aprender a gestionar adecuadamente, por si mismos, esa situación desagradable. No les estamos permitiendo construir su resiliencia y su tolerancia a la frustración.

Les estamos negando la oportunidad de crear esas conexiones neuronales tan necesarias. Les estamos privando de la oportunidad de hacerlo mejor la próxima vez.

Si estás así, no quiero nada contigo.

Y lo que es mucho más grave: les estamos negando el amor incondicional que esperan (y necesitan) de nosotros, y que tan necesario es para su buen desarrollo y su futuro equilibrio emocional.

Les decimos que sus problemas no son importantes (para nosotros) y no tenemos empatía con ellos, por lo que aprenden a no contar con nosotros para compartir ese dolor o tristeza que sienten.

Muy importante, es entender que esto (mostrarles nuestro apoyo y amor incondicional) no significa que estemos de acuerdo con lo ocurrido, ni que no podamos intervenir. De hecho, debemos hacerlo, y decir que no pasa nada nos lleva precisamente a no hacerlo. Es la excusa perfecta para no tener que pararnos a enseñar como llevar la situación mejor en el futuro, nos libra de tener que educar, que es lo que nuestros hijos necesitan.

¿Qué podemos hacer en vez de decir No pasa nada?

Pues lo primero es saber que cuando decimos No pasa nada, si que pasan cosas. Han pasado cosas que no se han gestionado y, además, pasa todo lo que hemos descrito antes.

Sabiendo que sí pasa, seremos más conscientes cuando nos nazca de manera automática esta frase, y podremos ser conscientes de que hay algo que debemos cambiar.

También es importante saber, que “no pasa nada” si es lo que hemos hecho hasta ahora. Que siempre hay tiempo de hacer las cosas mejor. La culpa también es paralizadora y nos evita actuar. Si has usado esta frase a menudo, revisa las razones que te han llevado a hacerlo, y trabaja a partir de ahí.

Antes de educar, conecta con ellos.

Lo que debemos hacer es (intentar) comprender como se siente nuestro hijo. Ponernos en su lugar y pensar cómo se ha sentido, incluso cuando lo que ha hecho no está bien y no nos parece correcto.

A menudo, cuando son muy pequeños, en la primera etapa o plano de desarrollo (para saber más de esto os recomiendo ver los stories de @sarasolasoria ), cuando hacen algo malo, no lo hacen con intención de hacer daño, si no de transmitir una frustración por algo que no pueden gestionar.

Especialmente si son pequeños, podemos poner nombre a eso que sienten, simplemente describiendo lo ocurrido, sin juzgar más allá.
Algo como: ” Cariño, veo que te has puesto muy triste porque se te ha caído la pegatina que llevabas en la mano“. No vamos más allá. Le estamos enseñando a identificar qué es lo que siente, porqué lo siente y no estamos emitiendo un juicio de valor.

Empatiza con ellos, y comprende que sus valores son diferentes a los nuestros, que lo que para ellos tiene un gran valor puede no tenerlo para nosotros (y viceversa) pero ello no hace que no sea válido.

Valida sus sentimientos, compréndele (y házselo saber), comparte tus propias experiencias para enseñarle que es normal sentirse mal, que es una reacción humana. Que a todos nos pasa.

Madre sosteniendo a su hijo, no pasa nada si has hecho algo malo, yo te guiaré
Photo by Daiga Ellaby on Unsplash

Hagas lo que hagas, estaré a tu lado para guiarte.

Muéstrale que, haga como haga las cosas, tiene tu apoyo. Que estás ahí para arroparle, para animarle y ayudarle cuando algo no le salga, o para enseñarle a hacerlo mejor cuando hace algo que no es correcto. Que tiene tu apoyo incondicional.

Aprovecha el momento posterior, ya en calma, para reconducir hacia el comportamiento que esperamos de ellos.
Explícales como consideras que deben actuar, cómo esperas que reaccionen la próxima vez, dales herramientas para gestionar sus sentimientos y ofréceles ideas para evitar futuros conflictos.
Cuéntales como crees que lo gestionarías tú, pero deja siempre la decisión en sus manos. Pídele (si tiene ya edad) que busque una posible solución a lo ocurrido, por si se repite en el futuro.

Ojo, con lógica y teniendo claros qué valores son verdaderamente importantes y que cosas pueden tener un pase.
Ser educado y respetuoso es importante, acabarse el plato de macarrones no lo es (habiendo a su disposición fruta fresca y alimentos saludables en caso de que tenga más hambre) .

Si a nosotros nos pasa, cómo no va a pasarle algo a ellos.

Los niños aún no cuentan con la madurez y la experiencia que contamos nosotros, y si a nosotros nos cuesta a menudo gestionar las emociones y las situaciones, hagámonos cargo de lo difícil que es para ellos que aún son físicamente incapaces de hacerlo.

Y siempre ofrécele tu comprensión, tu cariño y tu amor.  Es lo que necesitan de ti. Necesitan refugio y saber que pase lo que pase, estás ahí para ellos. Que pueden hablar contigo.

Para que el día de mañana, cuando de verdad pase algo y necesites saberlo, su respuesta no sea No pasa nada.


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