Madre recien parida con bebé al pecha, en una postura extraña para evitar el dolor de los puntos de la episiotomía. Las cosas que no pensé que haría al ser madre.
Crianza Maternidad

Todo lo que no pensé que haría al ser madre.

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¿Quien no ha dicho que no haría tal o cual cosa en el momento de ser madre… y se ha comido sus palabras?

Ser madre. Como bien dice Chibimundo en el extracto de su libro Elijo el arcoiris, yo era mejor madre antes de ser madre. Lo tenía todo pensado, sabía perfectamente como iba a ser y como iba a criar.

Luego nació ella, y empecé a comerme mis palabras una detrás de otra. En estos más de dos años de maternidad han pasado muchísimas cosas. Os dejo algunas de las cosas que no pensé que haría al ser madre, y que para bien o para mal me han sorprendido.

Renunciar.

Ser madre no me iba a parar, iba a volver enseguida a ser la que era.

Eso de quedarse en casa, embelesada admirando a mi bebé, con flores y pajaritos revoloteando a mi alrededor… eso no era lo que yo tenía pensado para mi puerperio.

Tampoco lo fue. Pero lo de salir de casa todos los días y seguir disfrutando de la vida exterior, eso ya fue otra papeleta. El sofá y yo nos mimetizamos, y veía pasar las horas, los días, sin moverme apenas unos centímetros de aquella pieza de mobiliario.

Las infames, incontables e infinitas tomas culpa de la anquiloglosia, el dolor de los puntos de la episiotomía, la flojera de un parto menos tranquilo de lo que quería reconocer…

No era la que había imaginado. Yo iba a ser enseguida esa mujer energética y activa que era hasta el día del parto.

Renunciar a (parte de) mi trabajo era algo que desde luego no haría al ser madre.

Yo iba a volver enseguida a la carga, al menos mantendría el trabajo que no se pagaba: mantener la web, refrescaría el book, aprovecharía para trazar estrategias de marketing… porque seamos claros, eso de la baja de maternidad en una pequeña empresa de un trabajador… es como una utopía. No podría estar parada del todo, y bueno, con 4 meses de tranquilidad financiera, por fin podría dedicarle un tiempo a aquello que habitualmente no hacía por falta de tiempo libre.

Pobre ilusa. Sea como sea un puerperio, tened por seguro que el tiempo no os sobrará ni para ir al baño, no os digo ya para hacer todas esas cosas que pensáis que podéis aprovechar para hacer en 4 meses de baja remunerada.

Pero bueno, con el paso de los (muchos) meses, la situación con nuestra lactancia y mi recuperación fue mejorando, y yo pobre ilusa que no aprende no cejaba en mantener mi visión de madre trabajadora que todo lo puede.

No renunciaría a trabajar y tampoco a que se quedara en casa conmigo.

La vida me demostró lo contrario. Porque físicamente si se puede (ojo, no sin consecuencias a nivel médico) tener un trabajo a jornada casi completa y criar en casa a un bebé… pero es a costa de renunciar a todo el tiempo de familia, por supuesto el de pareja y el de ocio y descanso personal, y a las horas de sueño.

Es obvio que es una situación muy difícil de mantener. Pero es que además, llegó el punto en el que me di cuenta que no solo era una situación muy dura de llevar a nivel físico… es que además estaba afectando seriamente a mi salud emocional y mental, y estaba siendo contraproducente con el estilo de crianza que queremos para nuestra hija.

Renunciar a parte de la crianza que quería.

Antes de ser madre pensaba que las cosas se conseguían si te lo proponías. Que con esfuerzo, todo se podía conseguir. Y se puede. Pero nunca valoré los sacrificios que podía conllevar, ni que podría suponer más daño que beneficio.

Yo quería tener a nuestra hija en casa el máximo tiempo posible. Iba a ser esa madre que por las mañanas jugaba a mil y un juegos inventados, salía al parque, hacía recados, cocinaba. Y cuando llegara a casa papá, le cedería el testigo de la crianza, y me dedicaría a trabajar a tope para mantener mi negocio a flote.

Lo conseguí. Pero el cansancio extremo, la falta de respiro mental y físico de una crianza tan intensiva, la excesiva demanda de una lactancia un poco más compleja de lo anticipado, empezaron a ser un gran lastre.

Cada vez jugaba menos con ella, perdía la paciencia antes, estaba apática… y hasta me molestaba que se despertara pronto o que un día estuviera muy apegada a mi.

Cuando me quise dar cuenta, era todo lo contrario a la madre amorosa, paciente, presente y dedicada que quería ser. No pensé jamás que esa crianza me consumiría, que no haría todo eso que soñaba que haría al ser madre.

Y tuve que renunciar.

Aprender.

Pero de todas las situaciones se aprende, y la maternidad está siendo una maravillosa fuente de sabiduría y una motivación impresionante para aprender más.

Aprendí a soltar cuerda.

En la maternidad aprendes a dejarte llevar y abrazar el caos, antes o después. O haces eso, o revientas.

Yo tuve que tocar el fondo, acariciarlo y verme reflejada en él, para entender que no podía seguir pretendiendo vivir la vida que tenía antes. Que nada iba a ser igual, y que yo por tanto no podía seguir siéndolo.

He aprendido a hacer malabares.

A llevar el multitasking a la máxima potencia, a dormir menos, a ser más flexible y hacer lo que pueda cuando pueda.

Nunca fui de llevar un horario estricto de tareas, pero si de seguir un orden de prioridades. Ahora existe una única prioridad por encima de todas, que es ella, y el resto ha de adaptarse a eso. Aprender a vivir con ello, no me ha sido fácil, y aún a día de hoy es un gran ejercicio de autocontrol y aceptación.

Aprender de la vida cada día más.

Ver la vida con los ojos de un niño te cambia la perspectiva. Te devuelve parte de esa inocencia y parte de esa curiosidad inapagable, que hace que la vida sea un poquito más bonita.

Día a día, estoy aprendiendo más y más cosas sobre mi misma, sobre el mundo que me rodea, sobre que es lo importante en la vida, y que merece todo nuestro esfuerzo y que no.

Amar

Amar a esta nueva personita.

Esto es un topicazo, pero no por ello es menos cierto. Desde el momento en que la angustia me invadía por microsegundos, mientras ella arrancaba a llorar, he aprendido a amar de una nueva manera.

No imaginé, aunque es más que lógico, que sería un amor tan visceral. Tan brutal y arrollador, para bien y para mal.

Al imaginar ese amor no pensé que haría tan grandes gestos por otra persona, al ser madre.

Amarme a mi.

Amarme se ha convertido en una necesidad. Soy ejemplo para mi hija, y como tal tengo que ser el modelo a seguir. Si quiero que ella se quiera, me tendré que querer yo a mi misma.

Es una de las cosas que más me está costando hacer, pero que más me está sorprendiendo. Yo tenía claro que cuando naciera mi hija, tendría que cuidar y amar muchísimo… pero no sospechaba que parte de esos cuidados también serían para mi.

No dormir… y no morir por ello.

Y finalmente, esto era lo que menos me esperaba en mi maternidad. No que no me esperaba que dormiría menos. De eso los yapadres nos encargamos de aleccionar a futuros padres a diestro y siniestro. “Duerme ahora, que luego no podrás”. No podemos ser más odiosos.

El caso es que yo sabía que iba a dormir poco… pero no sabía que poco era TAN poco.

Y para mi sorpresa aquí sigo, más o menos viva, durmiendo mucho menos de lo que consideraba necesario para mi.

Nunca imaginé que pasaría semanas durmiendo 3 horas al día y no me moriría (aunque lo parecía), ni que pasaría meses y años durmiendo un tercio menos de lo acostumbrado y aún así seguiría en pie y batallando.


Lo que no pensaba que haría jamás al ser madre, era abrirme tanto.

Escribir este blog, ser parte activa de mi grupo de apoyo a la lactancia, estar ahí día y noche para otras madres, era algo que no había sospechado que ocurriría.

Y es que, aunque tengo una educación en la que el trabajo de voluntariado y la ayuda a los demás era uno de los pilares fundamentales de mi crianza, no acababa de encontrar mi lugar.

La maternidad me ha dado ese espacio, en el que por fin siento que no lo hago todo horriblemente mal (aunque haya días que lo parezca) y me siento útil para los demás.


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