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Mis propósitos saludables para 2020

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Si, estoy teniendo un comienzo de año un tanto aburrido y apenas estoy posteando cosas que no son cadenas, carruseles y challenges varios…

Pero es que me está “costando” volver a la parte del blog que requiere un poco más de esfuerzo y/o reflexión y… bueno que, si la Diva invoca, pues tu respondes.

Así que allá voy con mis propósitos saludables para 2020, que tienen mucho que ver con el blog y con este sentimiento del que os hablaba.

Parar más.

Si. Exacto. Parar más. Hacer menos. Pensar más y disfrutar más.

Que me cuesta oigan, parece que “no hacer nada” es un delito y que tomarme las cosas con calma conlleva algún tipo de penalización, cuando en realidad es lo sano y responsable de hacer.

Así que este año me voy a permitir más parones. Más tiempos muertos. De estar conmigo misma, con mi cerebro o con mis otros cerebros en forma de amigas. Porque el mío lo necesita.

Moverme más.

Ojo, que puede parecerlo, pero no es contradictorio de lo anterior.

Este año he retomado, por fin, el deporte que nunca me ha acompañado bien, y he vuelto a hacer Pilates, que tan feliz me hizo en el embarazo y por el cual llegaba a mi casa sin respiración (el ente de más de 2 kilos que habitaba allí a mis 7 meses de embarazo algo tenía que ver también).

Y soy inmensamente feliz. Mi grupo, diminuto y peculiar, es mi respiro a primera hora de la semana. Aún me queda trabajar mucho para aprender a respirar en condiciones, que dicen que parece fácil porque es lo primero que aprendemos a hacer en este nuevo mundo… pero que queréis que os diga, a mi se me hace bola.

Y mi reto para este año (si, año, tal poca fe) es poder aguantar entera la plancha de 15 respiraciones con la cual nos tortura mi amada profe al final de cada clase de Pilates. Y después a hacerse una de hipopresivos. Porque no hay mejor manera de empezar un lunes. (Si mis padres supieran esto se reirían de mi… de ahí mi aversión al deporte. Etiquetas, yay)

Acudir a terapia en cuanto lo necesite.

Y no 8 años más tarde (sin exagerar). A finales del año pasado empecé, por fin, terapia tras tocar (ya de verdad) fondo en el taller de Isabel “Una madre molona”. Siempre encontraba excusas formidables para no cuidar de mi misma, y hasta que no recibí la patada pertinente en el orgullo maternal, no hice por dónde.

Y ahora, gracias a ese pequeño empujón tan necesario en forma de sesiones psicológicas, sé que está mal (aunque ha sido lo necesario para llegar allí) haber ido justo porque si no, le fallaba a otra persona.

Hoy estoy aprendiendo a quererme cada día un poquito más, a hacer de mi misma una prioridad y a cuidarme a mí, por mi misma, no por estar para los demás.

Ser más pareja.

Ya que por fin duerme (casi) del tirón, y que es más feliz que una perdiz cuando le dices que se va a quedar con los abuelos, nos vamos a poner como obligación salir más como pareja. ¡Una vez al mes?

Pero salir a otra cosa que no sea hablar de crianza. O sí, pero al menos que nos echemos unas buenas risas por el camino. Quiero ir a la bolera, al cine, a pasear. Quiero quedarme en casa viendo una peli, o sí, que atrevidos (lol, nope), ¡ir al MBDay por primera vez sin hija!

Que luego somos el cliché de la paternidad, y nos pasamos el rato pensando en ella, y deseando volver a abrazarla. Pero qué necesario es escapar, juntos, de tanto en cuanto.

Bajar el listón de mi autoexigencia.

Bajarlo de aquel rascacielos al que lo he ido subiendo, y que no parece, sino que subir a cada día que pasaba. Y eso empezó el día que me planté y comprendí que los hobbies, hobbies son.

Que está bien que (por fin, leñe) duerma 8 horas en una noche, que me ponga mala y me arrastre por las esquinas, o que no sea constante en el contenido del blog o las redes. Que será muy malo para la audiencia, pero ¿de qué les sirvo a la audiencia si peto? Pues de nada. Así que, a pesar de que lo que digan los cursos, webinars y simposios, menos constancia y menos perseverancia. Que esto es lo que hay.

Y todos aquellos propósitos típicos tópicos de principios de año.

Que si organizarme mejor, comer más saludable, beber más agua, hacer mindfulness, seguir una rutina de belleza, ser más positiva y toda esa parafernalia, que, a pesar de ser cliché, no deja de ser una sana ambición a tener.

Pero lo dicho. Sin presiones. No puedo cambiarlo todo de la noche a la mañana, no puedo cambiar quien soy y además querer cambiarlo todo a la vez, porque eso solo conduce al fracaso.

Así que el mayor propósito este año es escucharme a mí misma. Escuchar mi ritmo, y bailar a su son, en vez de intentar acelerarlo.

Ser más benevolente conmigo mismo, y entender que la vida no es una carrera, de a ver quien hace más, tiene más, consigue más y es más en menos tiempo. La vida es para disfrutar del camino.

Y eso, si es un buen propósito.


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