UN BUEN EMBARAZO…

Yo, por suerte o no tan suerte, tuve lo que la gente denomina un buen embarazo. Que para resumirlo en muy breve, significa que no tuve mayores problemas médicos, no sufrí complicaciones durante la gestación y se me veía “bien”.

Aviso que,  no es de traidores, este post va a ser laaaargo!

Tuve un buen embarazo.

Ahora, de ahí, a que fuera la “mejor experiencia de mi vida” y que fuera por pura suerte, hay un trecho y bien largo.

Seamos claros.

Un embarazo, por bueno que sea, es un embarazo.

Sí, es muy bonito sentir que algo crece dentro de ti, es maravilloso pensar que tú estás creando vida en tu interior, y es alucinante ver de lo que es capaz el ser humano.

Hay sensaciones únicas, mágicas e irrepetibles, hay momentos en los que te sientes poderosa por ser capaz de crear vida, y llevarla dentro de ti.

Aún recuerdo como el mundo se paraba por las noches, cuando SantoPadre le hablaba a la barriga… y ella le respondía, ya demostrando su intensidad.

Cómo me emocionaba cuando la notaba moverse.

Cómo nunca me sentía sola.

Esos eran los momentos, fugaces, en los que el embarazo era ese cuento de hadas que esperas que sea.
Buen embarazo, foto de mujer embarazada a contraluz anocheciendo en una bahía.

O la historia de un cachalote varado.

Pero al menos a mi parecer estar embarazada no mola mucho.


Y ojo, que conste que todo lo que voy a contar a continuación lo hice porque consideraba que era lo mejor para nuestra pequeña, y lo hice de buena gana. Pero lo valiente no quita lo cortés.


Decides buscar a ese bebé tan deseado (especialmente por SantoPadre) y de repente, te castigan sin comer ni beber según qué cosas, vaya a ser. Por adelantado si hace falta, porque ya que te pones a hacerlo con cabeza, pues mejor tener el cuerpo preparado. Y ya que estás, toma, unas pastillitas de ácido fólico. Recordadlas, que volverán a ser protagonistas.

Y ahí estás tú, mes tras mes viendo venir tu regla, cada vez más adelantada por culpa del agobio y del estrés, que se retroalimenta cada vez que te vuelve a bajar la regla. Pero llegó el mes que no. Ese mes en el que decidí que no podía tomarme las cosas con ese nivel de tensión.

Llegó esa falta.

Yo sabía que estaba embarazada. Hacerme el test era un mero trámite.

No porque tu cuerpo resplandezca y sea todo tan bonito. No señores, no. Fue porque desde la primera semana de embarazo (calculo, puede ser incluso el mismo día) estuve teniendo náuseas. Y doy gracias a la vida por no haber vomitado ni una sola vez.

Eso sí, las náuseas fueron mis mejores amigas durante 4 largos meses.

Me despertaba con nauseas, bebía un poco de agua, se pasaban por unos minutos, y volvían. Mis días eran un ciclo continuo de malestar. Tenía hambre y me daban nauseas, comía un poco y me daban nauseas, me bajaba la comida, se me pasaban durante 20-40 minutos, me daba hambre otra vez y otra vez nauseas. Y así, el ciclo sin fin. Y no, no me funcionaba nada, ni infusiones de menta, ni comer salado en vez de dulce, seco en vez de mojado, ni beber mucho, ni comer poquito muchas veces… nada.

Me acompañaron todos y cada uno de los días de mi primer trimestre y más allá.

Y no te quiero decir tener que ver como todo el mundo se deleita con los canapés de una boda (y dos!) y no poder probar ni uno, porque o son carne/pescado crudo, o embutido o tienen alcohol. Yay!


Por cierto, ¿os acordáis del ácido fólico? A mí me lo mandaron durante TODO el embarazo. Y sorpresa… ¡Me daban más nauseas!


Ese fue el trimestre bueno. A todo esto, el mundo exterior no sabe que estás embarazada y no entiende tus humores, pero por otra parte tu familia te trata como si fueras dinamita. Inestable y capaz de estallar al más mínimo movimiento brusco. Así que apenas me dejaban ayudar montando muebles, no me dejaban coger cajas, y apenas me dejaban ayudar con nada. Lo que más adoro en el mundo, lo que llevaba años y años esperando, mudarnos, montar nuestra propia casa, y ahí estaba yo, sentada en un taburete, viendo a los demás hacer.

El segundo trimestre fue cuando la cosa empezó a ponerse molesta. Molesta de verdad.

Lees por todos lados que al final del embarazo tendrás molestias de espalda por el peso y tal. A mí no, a mí me dieron ya hacia el 5º mes.

Apenas tenía barriga, pero era suficiente para desestabilizarme a la hora de dormir, por lo que acababa despertándome todas las mañanas como un 8. El día que tuve que ir a urgencias porque el dolor había empezado a ser tan fuerte que al tragar me quedaba sin respiración y era como si me clavaran mil agujas, decidí tomar medidas. Lo primero fue comprar un cojín de lactancia para dormir achuchada a él y que fuera mi amigo el resto del embarazo.

Y lo siguiente fue informarme sobre el pilates para embarazadas y apuntarme en septiembre. Ahora, eso no me libró de los sudores y calores que me daban. (Si esto va a ser la menopausia, matadme ya.)

Todos los martes y los jueves me enfundaba como podía mis mallas y mi camiseta, me encasquetaba la mochila y me iba andando, a 30-40 minutos de casa, a mis clases de pilates para mamis, me daba caña 1 hora, y me hacía otra vez el mismo recorrido de vuelta.

Es por eso que el haber tenido un embarazo bueno llevable es algo que en parte no considero suerte.

Sí, en un embarazo hay muchas cosas que no puedes controlar.

Pero a cambio de esas que no puedes controlar y en las que tuve suerte, me esforcé muchísimo. Cuidaba con esmero lo que comía, cuanto, cuando, como y el que. Todos los días que no iba a pilates andaba al menos 30 minutos a buen ritmo, a ser posible 1 hora. Y me mantenía activa el resto del día.

Seguí trabajando hasta el último día, en mi despacho, en el piso de arriba. Para mantenerme activa, en vez de ir al aseo en el baño de arriba, bajaba al de abajo. Y gracias a que me mantuve haciendo ejercicio hasta el 8º mes, no cogí demasiado peso.

Y digo demasiado y no mucho, porque mucho si cogí.

Hasta ese 8º mes todo fue poco a poco. De hecho hay gente que no me vio desde el 7º mes de embarazo y no tenían ni idea de que había estado embarazada y había dado a luz.

Pero ¡Oh recta final del embarazo!

Aquello empezó a explotar.

Gané el mismo peso en los dos últimos meses que en el resto del embarazo. Cada vez me cabía menos ropa y había dejado Pilates porque me ahogaba a mitad de clase. También había vuelto a introducir mayor cantidad de azúcar y carbohidratos en la dieta porque tuve un par de bajadas de azúcar de las que asustan (de esas que se te va la vista, no puedes enfocar y te vas a caer al suelo).

Y me encontré de pleno en el tercer trimestre.

El último trimestre de embarazo… Cualquier mujer que lo haya vivido os lo puede contar, pero por muy buen embarazo que todos te digan que estas llevando, todas pasamos por lo mismo. Te falta el aire, te duele la espalda, los pechos te empiezan a molestar, y para girarte en la cama casi te hace falta una grúa.


El BuenPadre, con su clásico sentido del humor, llegó a decirme un día que si me regaba… – ¿Porque? – le dije yo, pensando que ya el verano había pasado y con él los sudores tan grandes que me daban… Porque te has quedado varada…


Si señores, eso era yo. Un cachalote varado en la playa. Y aun así, solo había ganado el peso justo para el bebe. Solo me había crecido una tripa. El resto de mí, salvo mis pechos, eran los mismos de siempre. Por detrás no parecía embarazada. Estaba genial. O eso me decían.

Pero yo no me sentía así. Yo no me sentía tan bien como todos me veían. Pero de poco o nada sirve quejarse, así que con todo el ánimo que podía, hacía mi día a día. Moviendo como podía aquel cuerpo de ballenato.

Fue aquí, donde empecé a desengañarme del cuento de hadas del que tanta gente habla. Fue en ese momento que las frases que había oído tanto me atormentaban.


“El embarazo fue la mejor época de mi vida”

“Ojala pudiera estar embarazada siempre”

“Estando embarazada me sentí más feliz que nunca en mi vida”


¿Por qué yo no me sentía así?

Empezó aquello que no esperas sentir en un embarazo. No al menos en uno deseado y buscado. La culpa. La culpa por sentirte mal, por pensar por momentos “quien me mandaría a mí, con lo a gusto que yo estaba”, por cuestionarte la decisión que habías tomado.

Y empezó la otra gran sensación, horrible, que no esperaba vivir. El fracaso. El fracaso irreal. El no sentirte tan buena madre, el pensar que no vales, que eres una quejica y que no has tenido “suerte”.

Todo esto, te acompaña ya desde el embarazo. Todas esas sensaciones, que no esperas tener, de las que no habías oído porque parecen tabú, que tu madre (al menos la mía) jamás te había contado, afloraron cuando menos lo esperaba y cuando más vulnerable me sentía.

Hasta que un día descubrí que había gente como yo, que no todo es bonito, y tenemos todo el derecho del mundo a decirlo.

Descubrí que hay gente que lo pasa mal, que no lo ve y lo siente todo tan bonito. Y que lo cuenta.

Que por que hayamos decidido ser madres o padres, no significa que nos tenga que gustar todo y que tengamos que estar felices por ello. Y que a muchas nos engañaron. O nos dejamos engañar.

Con esta gente, encontré mi tribu. Primero en mi grupo local de lactancia, y más adelante, en un maravilloso micromundo, Madresfera, de seres que queremos cambiar el mundo y que vivimos la maternidad y la paternidad de una manera real, sincera y honesta. Hacia dentro y hacia fuera.


A muchas nos vendieron lo bonito de la maternidad pero casi nadie nos contó lo malo. Y pensamos que nosotras éramos las malas, que éramos un fraude por sentirnos mal, culpables, por verlo todo tan negro.

Que teníamos suerte de tener hijos sanos y no teníamos derecho ninguno a sentirnos mal.


Pero qué sorpresa, que incluso todas las MamaModelo que te venden la moto, cuando tú les hablas de lo feo, de lo negro, de lo malo… Oye, que todas pasaron por lo mismo!!!

Pues gracias por no haberlo mencionado antes…

Me he sentido muy mal hasta ahora.

Hoy en día, sé que tener estos sentimientos es algo normal. Un embarazo, bueno, sano, no es una enfermedad. A pesar de que a veces te traten como tal. Pero tampoco es como pasear por el campo. Tiene sus dificultades, y en muchos casos es un shock hormonal muy bestia.


Si has llegado hasta aquí, lo primero gracias. Y si has leído hasta aquí, y piensas que soy una madre horrible, y que debería estar agradecida por el milagro que me ha dado la vida… te aconsejo que no sigas leyendo este blog.

Porque hablaré de las cosas bonitas, de lo bello, de las aventuras. Pero voy a hablar, y mucho, de las feas, de lo duro, de lo crudo. De las desventuras.

Voy a hablar de ello, mucho, largo y sin tapujos. Voy a contar exactamente como me sentí.

Porque me sentí muy mal, porque sentí que era una persona horrible y que me merecía todo lo malo que me pudiera estar pasando, por tener aquellos pensamientos, que resulta que muchas tienen y casi todas callan.

No fue hasta que me sinceré, que mucha gente me dijo: “Te comprendo, yo también lo he pasado.” Y en ese momento, me sentí aliviada, porque entendí que era algo normal, que era algo que pasaba a mucha gente. Sentí que en mis dificultades y en mis momentos buenos y bonitos, no estaba sola. Me sentí apoyada.

Hoy en día, el poder compartir esos sentimientos con personas que no me juzgan, que me dan una palmadita en el hombro, me dicen tu puedes, y poder hacer lo mismo por ellos, ha cambiado mi maternidad.

Si  yo puedo ayudar a alguien, antes o después de haberse convertido en mama, a sentirse liberada como yo me sentí, a ver que hay más mujeres que pasamos por muy malos momentos durante un embarazo y la crianza, a pesar de no tener más problemas que las molestias que por desgracia son normales en un embarazo, este post y blog habrá merecido la pena.

Y si no, al menos yo me habré desahogado.

2 comentarios

  1. Ay cariño, siento que lo hayas vivido así. Yo lo cierto es que todo lo contrario y las frases que tú te cansabas de oír yo te las podría decir mil veces. Quizas porque me costó 3 años de tratamientos quedarme embarazada, quizás porque era lo que más deseaba… El embarazo para mí fue lo mejor del mundo! Tuve miedo, mucho miedo. Porque cuando pasas por reproducción asistida ves tantas cosas y tantos casos tristes que estás siempre a la expectativa. Además me pase el primer trimestre manchando, imagínate! Pero tras eso luego tuve dos trimestres perfectos en los que no tuve nada de nada. Ni siquiera tuve contracciones hasta que estuve de parto! Y engordar no engorde mucho, 6kg, pero también fue porque en el primer trimestre adelgace mucho. Los tratamientos de reproducción asistida a veces hinchable (mucho). Pero mira, algo malo te voy a decir, todo el embarazo con controles de azúcar por una supuesta diabetes gestacional que se descartó en la semana 37 (cabezoneria de mi médica). En fin, que es normal lo que cuentas, creo que hay mil versiones. Y aunque para mí fue felicidad plena, no suele ser la tónica habitual.

    • Conciliando por la vida

      29 septiembre, 2017 a las 08:01

      Ufff. Es que yo pienso en la gente que tanto lo desea y no lo consigue, y lo primero que se me encoje el corazón. Y luego en el embarazo me sentía un ser horrible por sentirme mal (teniendo un buen embarazo) cuando hay tantas mujeres que lo tienen tan difícil y no acaban de conseguirlo.
      Yo, medicamente hablando, lo único que tuve fue que el último mes tenía que ir cada dos días a tomarme la tensión. Me salía perfecta siempre, pero hay estaba yo cada dos por tres. El azúcar al revés, me salía tirando a muy bajo.
      Quería hablar mucho de todas estas cosas, de como lo viví yo, porque los sentimientos pueden jugar muy malas pasadas, y las emociones creo que pueden determinar mucho hacia que lado cae la balanza. Creo que es muy importante tener eso en cuenta.
      Mi embarazo no fue malo, y no lo viví como lo peor que me ha pasado en la vida, pero supongo que mi mente no estaba en el lugar que mi cuerpo hubiese necesitado para tener ese embarazo maravilloso que tiene tanta gente.
      Como consejo, si es posible, le diría a todas las futuras embarazadas, que no se estresen y que disfruten todo lo que puedan.
      Y que se esperen molestias!

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